Nancy Holt
Estados Unidos, 1938–2014
Durante sus años de universidad en Massachussets, una joven Nancy Holt —estudiante de biología— viaja muy curiosa con frecuencia a Nueva York para conocer la escena artística de la metrópoli. Allí conocerá a practicantes de un arte nuevo nacido a finales de esa misma década de los sesenta: el Land-Art, movimiento conceptual que abomina del clásico espacio museístico para lanzarse al exterior a trabajar en y con la naturaleza. Entre aquella plétora de artistas modificadores del entorno conocería al que será su marido, el también artista de la tierra Robert Smithson. Con él, definitivamente, se muda a la gran ciudad.
En NY, comienza a escribir para Harper’s Bazaar poesía concreta y ensayos artísticos, interesándose sobre todo por los site-specific (manifestaciones artísticas concebidas para una localización particular). El estudio de lugares la introducen en el sinuoso y colorido mundo de la cartografía, haciendo de aquella que escribía pasivamente una errante documentalista de paisajes ya muy decidida a trabajar con ellos. Fotografía y proyecciones en video —novedoso y carísimo mecanismo entonces— serán los soportes preferenciales de Nancy para mostrar el concepto, el desarrollo y la idea acabada de sus trabajos. La siempre cambiante luz del sol, el entorno y el ser humano serán los tres vínculos sintetizadores de su poética.
El Land-Art, fenómeno —recordemos— tan estadounidense como el expresionismo abstracto, comenzó siendo de lo más testosterónico: escasas mujeres se involucraron en aquella anomalía artística. No obstante, la aportación de Holt al movimiento fue tan capital como la de su marido y compañeros. En este siglo XXI su obra ha sido justamente revalorizada y difundida, lo cual, naturalmente, celebramos.