Robert Indiana
Estados Unidos, 1928–2018
Robert Indiana (que aunque vivía en Nueva York, era un paleto de aldea, como los que fundamos esta web) tuvo una revelación como escultor: palabras cortas en colores brillantes. Robert supo ver que una palabra (o un número) puede ser una estatua.
De niño saboreó la gran depresión de los años 30 y siguió los movimientos sociales y políticos que siguieron a esos años hasta los 60, donde la alta y la baja cultura confluyeron finalmente.
Mientras otros artistas de su época representaban latas de sopa o hippies maliciosos, Robert decidió tirar por diseño gráfico hipervitaminado. Su gran éxito llegó con LOVE, que de la noche a la mañana se convirtió en una representación de algo tan difícil de representar como es el amor. Esta escultura se vendió como rosquillas. ¿Quién dijo que no se puede comprar el amor?
Hay quien dice que Indiana habla del llamado sueño americano y desde luego convertir el amor en objeto de consumo es un buen reflejo de este horroroso y a la vez fascinante país.
Pero Robert se acabó cansando de su creación, más grande que él mismo. Quizás se sentía un one-hit-wonder y además no pudo registrar los derechos de autor de LOVE, así que harto de Nueva York, se mudó a una isla remota en Maine donde siguió creando esculturas sin salirse demasiado de su estilo.