
Ulises y las sirenas
Aguas de sirenas, ese es nuestro rumbo.
Entre todas las aventuras y peligros a los que se enfrentó Ulises en su larga travesía de vuelta a Ítaca, el episodio de las sirenas es probablemente uno de los más conocidos. Anteriormente, había pasado una temporada en Eea, la isla donde vivía la poderosa Circe. La hechicera salvó el pellejo de Odiseo con creces, porque le advirtió de varios peligros que se avecinaban en el resto de su viaje, y cómo debía evitarlos o sortearlos. Tal vez Ulises fuera muy listo, pero sin la ayuda Circe con total seguridad la habría palmado mucho antes de regresar a su hogar. Uno de los consejos de la maga fue con las sirenas. Le explicó al héroe que el canto de estas criaturas era tan dulce y poderoso, que cualquier marinero que lo oyera sería incapaz de controlarse y se lanzaría a las aguas para llegar hasta ellas, convirtiéndose en alimento de estos sorprendentes seres.
Ulises ordenó a sus hombres que se taparan los oídos con cera de abeja, para estar a salvo del canto, pero él no se aplicó el cuento, sino que quiso escucharlo pero a la vez estar a salvo de él, por eso les pidió que lo ataran con unas cuerdas al mástil del barco lo más fuerte que pudieran, para que bajo ningún concepto fuera capaz de desatarse y saltar.
Draper representa este momento en la pintura, con el barco pasando justo por la zona en la que habitan las sirenas. Estas no sólo cantan, si no que están ya encima de la embarcación, mientras los marineros, con las orejas tapadas son inmunes a sus voces irresistibles, y tratan de ignorarlas mientras reman con decisión. En el caso de Ulises, afortunadamente está bien atado y amordazado, como él había pedido, por eso no logra saltar ni llegar hasta ellas, pero el canto lo está volviendo loco, en ese momento no hay raciocinio, sólo el deseo de llegar hasta estas criaturas.
En la pintura hay un error muy común que podemos ver en más obras: las sirenas tienen cola de pez, a la manera de la mitología nórdica, pero en este caso se representa una escena de mitología griega, y las sirenas griegas tenían la mitad del cuerpo de mujer y la otra mitad de ave, y más que salir del agua o las profundidades, solían estar en rocas o arrecifes. En el caso de John William Waterhouse, que realizó una obra del mismo tema, sí que pintó a las sirenas griegas tal y como debían ser realmente.
También resulta curioso volviendo a esta pintura, que sólo una de estas sirenas aparezca con la cola de pez. Las otras dos, ya encima del barco, tienen piernas, un cuerpo femenino corriente. Tal vez, del mismo modo que por ejemplo la cuarta película de Piratas del Caribe, al dejar de tener contacto con el agua, las sirenas adoptan un cuerpo completamente humano.
Se trata de una obra que encaja a la perfección con el estilo de este artista, que pintó mayoritariamente escenas de temática mitológica, la mayoría de ellas marinas, que era lo que más le gustaba.
Herbert James Draper