Damien Hirst
Reino Unido, 1964
Damien Hirst es un empresario británico que formó parte de The Young British Artists (o YBAs), grupo de artistas noventeros que se hicieron con el mercado del arte inglés aupados por la prensa y la galería Saatchi. A día de hoy (2026), es el artista vivo más rico del Reino Unido. Que disfrute sus libras esterlinas.
Hirst es super-malote. Un chico muy muy malo y punky. Provocar y escandalizar son sus herramientas, como si viviéramos en épocas victorianas. Disecar animales o dejarlos pudrirse, llenar cosas de diamantes o hacer que sus ayudantes pinten círculos son sus grandes éxitos.
Damien dice que era clase obrera y pudo estudiar arte porque tenía muchísimo talento, eso sí, trabajando al mismo tiempo de albañil. Todo un working class hero. Entre raya y raya de cocaína, hacía sus repugnantes esculturas de animales muertos. En su favor hay que decir que a Bacon le gustaban algunas de sus piezas.
A finales de los 80 su arte le entró por los ojos al galerista Charles Saatchi, un vendehumos que le compró su caja de cristal con una cabeza de vaca podrida llena de gusanos y moscas. Bajo el amparo de su sugardady, Damien se empezó a hacer famoso con sus chorradas llegando a ganar el Premio Turner.
Cuando Hirst se hizo famoso, no volvió a dar un palo al agua. Sus asistentes y sus Smithers hacían todo el trabajo físico. Él sólo «tenía las ideas». Esto siembra dudas sobre apropiación, plagio y robo, acusaciones que Hirst tuvo a menudo.
Vamos, en resumen: que el tío no inventó nada. Sólo preparó un cóctel de sensacionalismo, piezas de primero de Bellas Artes e ideas ya manidas desde Duchamp. Y con ayuda de tabloides amarillistas y críticos subnormales, pudo prosperar en este desastroso mundo del arte postcapitalista.
Un arte obsoleto desde su nacimiento. Eso sí. Ideal para blanquear capitales.