
Mil años
Repugnante.
Decía Gauguin que el arte, una de dos, o es plagio o es revolución. Damien Hirst, más empresario que artista y supuesto enfant terrible de ese horroroso arte noventero británico, quiso disfrazar de revolución lo que a todas luces está más trillado que una canción del verano. Con ayuda de tabloides amarillistas, críticos sobornados y su sugar dady Charles Saatchi, Hirst pudo prosperar en este desastroso mundo del arte postcapitalista, donde ruido y saturación tratan de disfrazar el vacío y ocultar lo que todos ya sabemos: este arte es sólo para blanquear capitales.
Con esta instalación, Hirst dice que quiso deconstruir el género de la naturaleza muerta, en concreto el subgénero de vanitas. Para ello le construyeron (por supuesto, el muy punk tiene asistentes y Smithers que le hacen el trabajo físico) una vitrina rectangular de vidrio y acero dentro de la cual colocó una cabeza de vaca, un montón de larvas de mosca y un matamoscas electrónico de luz ultravioleta. Los insectos pueden elegir: muerte yenda a la irresistible luz o alimento y un hogar para su progenie dentro de la carne podrida. Mientras tanto, se va creando y destruyendo vida.
Para Hirst, la metáfora perfecta de la vida y la muerte. Para otros, provocación propia de alumno de primero de Bellas Artes, algo interesante durante tres minutos, como un niño gritando obscenidades. Después, pasado el shock ya vemos de qué se trata:
Un arte manido, pretencioso, cuestionable, simplón, sensacionalista. Repugnante.
Damien Hirst