
Alegoría de la justicia
Visto para sentencia.
Aunque un poco artificiosa, esta escena bien podría ser un pasillo de Plaza Castilla en un día de vistas.
La gente se arremolina en la puerta del juzgado mientras esperan a ser llamados por el funcionario. La fauna es la habitual en los días de juicio: abogados y delincuentes (a menudo, difícil distinguirlos), bienes incautados, testigos, gente arrestada. Que haya animales es más raro, pero estamos ante una alegoría, así que un burro bien puede representar algún vicio. Tres putti al fondo, en fila y con las manos sobre la cabeza; quizás hay juzgado de menores también y pasan a fiscalía.
Y en el centro, la Justicia, bastante más divina que en la vía penal. No lleva toga ni puñetas, pero impone igualmente. Porta un casco y sandalias altas más propias de Atenea, porque combate a pecho descubierto. A sus pies, su particular calabozo: amarrados con correas hasta su cinturón aparecen en escorzo los siete pecados capitales, que todos los que no hemos ido a un colegio religioso conocemos por la película Seven, claro.
Su Señoría corona a la Verdad, representada como una joven que le entrega, como salvoconducto de su virtud, dos palomas: símbolo de la pureza e inocencia. Entre las figuras femeninas destaca un anciano barbado con alitas en la cabeza y un reloj de arena. Efectivamente, es el Tiempo, que avala la coronación de la Verdad, a la que solo se accede con paciencia y tenacidad.
Vasari conocía bien los gustos de sus clientes del Cinquecento, que, como el cardenal Farnese, querían lanzar potentes mensajes sin renunciar a virguerías decorativas para sus palacios.
¿Y quién es el avestruz con quien la Justicia compadrea con el brazo por encima del «hombro»? Pues ella misma, en versión animal. Ya desde Egipto se vinculaba esta ave con la justicia universal a través de la diosa Maat, que llevaba su pluma como tocado. Misma pluma que servía para pesar el alma y decidir si merecías la vida eterna o la aniquilación total. Aquí no se andaban con chiquitas: contra esta sentencia no cabía recurso.
Giorgio Vasari