

Atlante
El esfuerzo de lo inacabado.
Miguel Ángel realmente no hizo un Atlas o un Atlante. La mágica historiografía definió a la escultura así por el gran bloque de mármol que no pule el florentino, donde se encontraba la cabeza de la figura y una parte de un brazo.
El maestro del mármol nos muestra otra obra inacabada, esa manía extraña y mítica del escultor, donde deja las obras así, a medias. ¿Lo hacía aposta? ¿Tiene alguna causa como tal? Lo que podemos afirmar es que el proyecto de la tumba de Julio II no llegó a ser ni media de lo que se pensaba.
Esta escultura (al igual que la serie de los esclavos a la que pertenece) es la imagen del quiero y no puedo del complejo fúnebre papal. Son conocidas así por ser monumentales figuras encadenadas en distintas poses de prisioneros, colocadas en los pilares que debían enmarcar los nichos de la tumba. Pero no llegó a ser tan espectacular, de hecho, el supuesto Atlas acabó donado a Cosme I de Médici, quien las ubicó en la Gruta de Buontalenti hasta 1909, enviadas a la Galería de la Academía, convertida en un enorme jardín de esculturas de Miguel Ángel.
En el caso del Atlante vemos a una figura de mármol musculada al estilo del florentino en sus mejores tiempos, con más tensión que un lunes a las ocho de la mañana. La figura aparece encorvada, como si cargara un peso invisible sobre los hombros, lo que transmite una sensación de esfuerzo continuo y casi agobiante. La postura forzada y el gesto concentrado refuerzan la idea de lucha, como si estuviera atrapado entre salir de la piedra o rendirse, pero sin opción de parar. Una imagen de culto y de trabajo constante por y para la religión.
Michelangelo Buonarroti