
La batalla de los centauros
Centauromaquia adolescente.
Un jovencísimo Miguel Ángel deja el taller de Domenico Ghirlandaio, relevante pintor florentino con el que aprendió la técnica del fresco en 1488, y decide acercarse al jardín de San Marco, lugar en el que Lorenzo el Magnífico había abierto una Academia para jóvenes que quisieran formarse en el arte de la escultura. Allí, el joven genio no pasó desapercibido, más bien todo lo contrario, llamó la atención del maestro y más aún de Lorenzo. No tenía más de 15 años, pero Miguel Ángel ya demostró con creces lo que era capaz de hacer y lo que llegaría a ser. De las obras que ejecutó en esta época, la Batalla de los centauros es la más importante.
Realizó este relieve en un bloque de mármol de Carrara que donó Lorenzo. En la biografía de Ascanio Condivi (además de la de Vasari fue la otra que se escribió mientras Miguel Ángel aún vivía, algo insólito hasta la fecha) señala que la obra se creó muy poco antes del fallecimiento de Lorenzo el Magnífico, probablemente fue la última que este Medici apasionado del arte pudo ver del artista, el pobre se perdió tanto…
Lo que representa el relieve escultórico es una fábula contada por Ovidio, el rapto de la princesa Hipodamia. Cuenta la leyenda que en unas lejanas montañas griegas convivía el pueblo de los lapitas, y sus vecinos más cercanos eran los centauros, mitad hombres mitad caballos. Su relación era buena, por eso el rey de los lapitas decidió invitar a los centauros a la boda de su hija, la princesa Hipodamia. Los centauros, criaturas por lo general salvajes, se vieron pronto afectadas por el exceso del vino, y bajo los efectos del alcohol quisieron raptar a la novia. Así, se inició una batalla entre los dos bandos, que lograron ganar los lapitas.
Ya sabemos que en el Renacimiento triunfaban los temas mitológicos, sobre todo si estos podían ser una lección de buena conducta, como en este caso, con un mensaje claro: los lapitas eran superiores por su raciocinio y el dominio de sus instintos. Los humanistas florentinos consideraban temas como estos perfectos, era una manera de expresar con orgullo como seguían la manera clásica y los valores ya establecidos en Roma.
Miguel Ángel provocó cierta confusión con la ejecución de esta obra, porque no vemos a ningún centauro completo, sólo hasta el torso. Vasari, cuando vio el relieve, creyó que era una batalla de Hércules.
Su tratamiento estilístico recuerda a algunos sarcófagos romanos, caracterizados por la cantidad de pequeñas figuras que aparecían. También se ha querido comparar con los relieves de los púlpitos que realizó Giovanni Pisano en el Duomo de Siena. En todo caso, esto son meras conjeturas, modelos que Miguel Ángel pudo tener en cuenta y superar sin mucho esfuerzo.
En los relieves del Renacimiento, con escultores tan importantes como Ghiberti o Donatello, habíamos visto como ellos colocaban las diversas figuras de manera paralela, siempre separados. Miguel Ángel hace algo distinto: las figuras están juntas, los cuerpos entrelazados entre ellos con torsiones de todo tipo, desde muchos planos distintos, es extremadamente original. No hay orden, sólo aprovechamiento del espacio del que dispone. La parte inferior la deja para los cuerpos con mayor volumen, que ocupan más, mientras que en la superior predominan los bajorrelieves, como si estuvieran más alejados, sólo salen brazos, alguna cabeza…
Para Miguel Ángel el tema no es más que una excusa para demostrar su capacidad para esculpir la anatomía de una manera maravillosa, pese a los extraños ángulos de la mayoría de los cuerpos, el tratamiento muscular es impecable. Todo está pensado, no añade la parte equina de los centauros para que no interfiera con la composición y no alteren el perfecto equilibrio.
Pese al amasijo de cuerpos, logra que todos ellos funcionen como uno, en una sorprendente armonía.
Para terminar, como curiosidad: fijaos en la figura que está justo en el centro: su postura, con la cabeza parcialmente ladeada mirando hacia abajo y un brazo sobre su cabeza se ha relacionado directamente con su inolvidable e imponente Cristo del Juicio Final. Pasarán casi 50 años entre una obra y otra, pero son pequeños detalles que para los amantes de Miguel Ángel (como una servidora) hacen ilusión.