
Madonna de Brujas
Like a Virgin.
Miguel Ángel lo vuelve hacer.
Después del exitazo de la Piedad del Vaticano, el mercader flamenco Jan Mouscron encargó una nueva escultura a la estrella Michelangelo Buonarroti. Con veintiséis años realiza una nueva pieza de gran calidad en mármol, enviada a Brujas por Giovanni y Alessandro Moscheroni. Fue colocada en una capilla de la iglesia de Nuestra Señora, de gran fama por el pedacito que deja Miguel Ángel.
No sabemos si por el contexto parecido u otro motivo, pero vemos una gran influencia de la Piedad en dicha obra. La Virgen se representa de una manera muy clásica, armónica, destacando una belleza a la griega o a la romana. El rostro muestra, de nuevo, a una mujer joven pensando, meditando e incluso reflexionando con una tranquilidad casi desconcertante, como si estuviera más concentrada en mantener la dignidad clásica que en dejarse llevar por el dramatismo o la maternidad del momento. Esa serenidad, tan medida, recuerda inevitablemente a los modelos de la Antigüedad, donde hasta el dolor debía pasar por cierto filtro de belleza ideal. En este sentido, el florentino parece casi querer repetir la fórmula del éxito: una Virgen joven, equilibrada, perfectamente compuesta, que transmite más reflexión que angustia. Esto genera un contraste curioso, porque la escena invita al recogimiento emocional, pero el rostro mantiene una calma casi excesiva.
El niño, por su parte, aparece mirando un punto fijo, entre lo juguetón y lo clásico. Destaca la armonía de su rostro como su pelo rizado, trabajado y mostrando su inocencia y la aceptación de su destino…
Entre la influencia de la Piedad y ese ideal clásico tan cuidado, nos encontramos con una Virgen que sufre, sin duda, pero siempre dentro de unos límites estéticos muy bien controlados, como si incluso el dolor tuviera que seguir ciertas normas de armonía, marcadas por el genio del mármol.
Michelangelo Buonarroti