
Vista de Altea
Pequeño laberinto mediterráneo.
El pintor de la generación del 27 muestra con su característico estilo una de las particulares calles de Altea, con la vista puesta en el mar, demostrando que la belleza no son solo las grandes catedrales del Renacimiento o las grandes musas de los artistas.
Benjamín Palencia no nació en Madrid ni en Barcelona, ni siquiera en Figueras. Nació en Albacete, en un pequeño pueblo llamado Barrax. Tal vez porque Albacete es algo seco, el pintor se enamoró de la mar y de todo lo que éste le transmitía. Se buscó un pisito en Altea —parece que el mundo inmobiliario estaba mejor que ahora— y se dedicó a retratarlo de forma continua y abusiva.
Y aquí tenemos una de sus muchas declaraciones de amor al pueblo: Vista de Altea. En este caso, Palencia nos adentra en una de las calles llenas de cuestas de Altea, mostrando perspectiva y jugando con los volúmenes de las casas, que parecen empujarse unas a otras para hacerse un hueco en la ladera. No pretende enseñarnos una calle concreta con precisión de notario, sino transmitirnos la sensación de estar allí, subiendo por esas pendientes donde cada paso parece venir acompañado de una nueva vista. Las fachadas blancas se amontonan, se giran y se esconden entre ellas, creando un pequeño laberinto mediterráneo en el que uno casi espera encontrarse a un vecino asomándose de forma poco disimulada.
El mar, de fondo, es el gran protagonista de la obra, pues al puro estilo Botticelli (miren este mar y el del Nacimiento de Venus), el manchego convierte Altea en una auténtica Venus mediterránea. El azul del mar no es solo un paisaje, sino el elemento que da equilibrio y magia a la composición, haciendo que el pueblo parezca flotar entre la tierra y el cielo. Palencia no pinta solo Altea, pinta la emoción de haberla descubierto.
Benjamín Palencia