Luis Seoane
España, 1910–1979
Si la renovación de la plástica gallega del siglo XX fuese un arco de medio punto, Luís Seoane, Laxeiro y Carlos Maside serían la clave y las contraclaves. Especificar cuál es cuál se lo dejo a los más valientes. Seoane nació en la quinta provincia gallega, Buenos Aires, hijo de la emigración. En 1916 su familia regresó a Galicia, pero con el comienzo de la matanza del bando golpista en 1936 huyó de vuelta a Argentina. A pesar del exilio, o gracias a él, se sumergió en el debate artístico y teórico del momento: crear un arte nacional (entiéndase, gallego) que al tiempo que no pierde un ápice de identidad introduce las novedades de las corrientes artísticas internacionales. Fue lo que se denominó «movimiento renovador» y a sus integrantes (Seoane, Maside, Colmeiro, Laxeiro) «os novos» o los «renovadores». ¿Creéis que lo consiguieron? Ya os adelanto que sí.
Seoane enterró los prototipos costumbristas de escenas de campesinos que inundaban el arte gallego. Sotomayor, principal representante de esa corriente mal llamada «estilo regionalista» los pintaba con maestría, pero después del barrido que hacen las vanguardias en toda Europa la pintura gallega tenía que reconducirse. Campesinos, mariscadoras, gente común, emigrantes, todos son representados por Seoane como iconos de la modernidad y de la denuncia social, porque para los renovadores el arte debía defender a los oprimidos. La figura femenina está casi omnipresente en su obra, y en específico la mujer trabajadora, ya que le sirve como representación del pueblo, como una alegoría de Galicia, algo que ya hemos visto en más artistas como Asorey. Otros temas en sus obras fueron los paisajes y los bodegones, que le permitieron una gran experimentación. De entre los mejores, destaca Los puerros.
En los años 40 y 50 su obra es más dependiente de la figuración y de la tradición cezanniana, con ciertos ecos del expresionismo y del cubismo, como muestra la obra Mujer sentada. A partir de 1960 Seoane desarrolla su estilo más característico, que se puede resumir en cuatro claves. Primero: renunció a la profundidad, empleando sólo la línea y los colores. Segundo: simplificó las formas hasta una esquematización extrema. Tercero: utilizó colores planos, de gran fuerza plástica y simbólica. Y cuarto: independizó el color de la línea. A esta etapa pertenecen sus obras maestras: Emigrante, Las mariscadoras y El proceso de Burgos.