
Emigrante
Lejos, lejos de mi hogar.
Es posible que estemos ante la obra más famosa y trascendental de Luis Seoane. En primer plano, ocupando todo el espacio, una mujer en un tren, con las manos juntadas, probablemente en un humilde y temeroso silencio. Es una emigrante. O dicho de otro modo, mercancía de trabajo. A pesar del Desarrollismo la pobreza seguía existiendo y miles de gallegos salían cada año a Venezuela, Argentina, Francia, Alemania o, como es el caso, Suiza. En el centro de la obra un plano blanco llama nuestra atención. Es un cartel que la emigrante porta sobre el pecho como si de una etiqueta de destino se tratase. En francés lleva escrito lo siguiente: Se llama Manuela Rodríguez. Es analfabeta. Ayudadla. Ginebra.
Sin saber leer y, además, dirigiéndose a un lugar donde nadie habla su idioma, dejando atrás su vida. Con todo, ahí está ella, recta, ocupando su plaza en el vagón, quizás rota por dentro, pero dispuesta a salir adelante.
Seoane abandera la denuncia social sin filtros ni paternalismos. Y lo hace a través de una mujer como símbolo de Galicia, una Galicia maltratada que no se resiste a morir, sino que se levanta y trabaja con dignidad. Para el grupo de «Los Renovadores» —al cual Seoane pertenece junto a otros como Laxeiro, Maside o Colmeiro— el arte gallego debía tener compromiso social, representar lo nuestro y hacerlo bajo las fórmulas del arte internacional. Por eso vemos esta figuración tan desfigurada: esquematización máxima, planos de colores, líneas negras y unos trazos que beben del cubismo y el expresionismo abstracto.
Esta obra no sólo refleja la terrible realidad que se vivía —y se vive—. También las fórmulas estéticas contemporáneas ya muy asentadas en la obra de Seoane, capitaneando la renovación del arte gallego.
Luis Seoane