
Crucifijo
Como si el cielo esculpiera en forma de mármol.
El pendenciero más orfebre de todos, tuvo un sueño mientras estaba preso en el Castillo de Sant’Angelo, tras ser acusado por el Papa de turno de haber robado joyas y gemas de la tiara pontificia durante el saqueo de Roma en 1527: la creación de un Cristo crucificado de mármol blanco. El aprendiz de Miguel Ángel (durante poco tiempo, no se aguantarían mucho) aprendió de su maestro escribiendo su vida al estilo estrella del Rock, dejándonos para la historia este pasaje onírico:
Parecíame aqueste sol sin sus rayos ni más ni menos como un baño de oro purísimo licuado. Mientras que contemplaba yo aquesta gran cosa, vi comenzar a hinchar en medio del sol y crecer aquesta forma de dicho abultamiento, y formase de pronto un Cristo en cruz, de la misma sustancia que era el sol. Y era tanta su hermosa gracia y tan benignísimo su aspecto, cual el ingenio humano no podría imaginarse una milésima parte. [1]
Cellini, quien ya demostró estar tocado por una varita en la creación del Perseo, demostró su técnica escultórica en un Cristo a tamaño natural, de mármol de Carrara, sobre una cruz de mármol negro. El cuerpo aparece sereno, casi en calma, como si el dolor hubiera sido sustituido por una especie de dignidad silenciosa. Nada de dramatismos exagerados: aquí el sufrimiento es elegante, contenido. La piel, pulida con una suavidad casi sospechosa, capta la luz de tal forma que parece cálida, viva, como si en cualquier momento fuese a respirar y la contrapone con la cruz negra en su fondo, un color totalmente antagónico. Según muchas fuentes, hablamos de una de las cabezas más bellas del Renacimiento italiano.
En muestra de su personalidad, el florentino otorga a la figura del Mesías un sorprendente desnudo integral (tapado normalmente por un paño de pureza), representando la escena como un auténtico teatro clásico donde Jesús es un dios pagano en su esplendor máximo de belleza. El artista no tiene filtro, el tratamiento del cuerpo tiene un punto sensual. Cellini sabía perfectamente lo que hacía: convertir lo divino en algo también físicamente bello.
El resultado onírico y espiritual fue tal que, tras veinte años, el orfebre deseó que la escultura fuera puesta en su tumba. Sin embargo, querido lector, quien paga manda. El poderoso
Cosme I de Médici compró la obra por 1.500 escudos de oro para ser guardado en el Palacio Pitti. Para decirle que no a un Médici… Tras la muerte de Cosme I, su hijo, Francisco de Médici, como un movimiento político para estrechar relaciones diplomáticas y, de paso, caerle en gracia al rey de España, regaló la escultura a Felipe II. Como consecuencia, el delirio onírico de Cellini viajó embalado en una caja de madera hacia la Península Ibérica. Por ello, el crucifijo terminó en El Escorial, ese gran proyecto de Felipe II donde la devoción, el poder y la arquitectura se dan la mano con una solemnidad casi teatral.
Benvenuto Cellini