
En las eras
(Escober, Zamora)
Un poco de Millet en fotografía.
Aquí hay otra de las obras de la serie España oculta, de la autora Cristina García Rodero. En esta imagen logra un equilibrio preciso entre el rigor documental y la potencia estética.
«Estaba harta de la España que se mostraba desde el Estado, una imagen de cara a los extranjeros. Fui a contracorriente y me encontré un país de gente muy humilde, que apenas habían salido de sus pueblos si no era para emigrar»,
La composición es muy clásica, casi pictórica. En primer plano aparece un trillo y, sobre él, una niña dormida, apoyada en las gavillas. Al fondo, dos adultos —un hombre y una mujer, sus padres— trabajan: ella criba el grano y él barre la paja.
La propia autora cuenta la historia de la imagen: al regresar de unas fiestas de pueblo en Zamora, se encontró con una mujer cribando garbanzos y una niña ayudándola. Les pidió permiso para fotografiarlas y pasó la tarde con ellas. Realizó seis carretes mientras trabajaban, una cantidad considerable: si no, preguntadle a cualquiera que haya utilizado fotografía analógica. En un momento dado llegó el marido para ayudar, la niña se quedó dormida y nació esta fotografía.
En una sola imagen ocurren muchas cosas. En primer término, el descanso; al fondo, el trabajo del campo —cribar, aventar la parva—. La disposición de las figuras genera una lectura clara, por planos: la infancia, frágil y vulnerable, ocupa el centro emocional de la imagen, mientras que el trabajo, duro y persistente, queda relegado a un segundo término, aunque sin perder protagonismo narrativo. La fotografía se articula en torno a un fuerte contraste entre actividad y reposo, entre vigilia y sueño.
Desde el punto de vista formal, la composición es horizontal y estable, lo que refuerza la sensación de continuidad y rutina. La línea del horizonte se mantiene alta, otorgando mayor peso visual a la acción humana. El haz de paja sobre el que duerme la niña funciona como eje compositivo, conectando los distintos planos y guiando la mirada del espectador. La luz natural es uniforme pero contrastada, subrayando las texturas —la paja, la tierra, la ropa—, y el blanco y negro intensifica esta cualidad táctil.
García Rodero no idealiza la escena: el suelo es áspero, los cuerpos están cansados, el cielo parece pesado. Sin embargo, hay ternura en su mirada, una cercanía que transforma la dureza del trabajo rural en una imagen de intimidad compartida.
La ternura que despierta la imagen tiene mucho que ver con el vínculo con los recuerdos familiares. El trigo y la era forman parte del ADN de las sociedades agrícolas como la nuestra. La escena remite a padres, abuelos o bisabuelos y puede activar recuerdos sensoriales asociados al verano y a un modo de vida que ya no existe. Son recuerdos compartidos.
En ello reside la fuerza de la fotografía: en su capacidad para activar la memoria del espectador y facilitar una identificación personal con la escena representada.
Cristina García Rodero