
En una hostería romana
Miradas que incomodan.
Seguro que habéis tenido alguna vez esa sensación de ser especialmente observado, ya sea al entrar en un local o simplemente paseando por la calle. Como si todo el mundo callara de pronto y las miradas se centraran en ti, te analizaran de arriba a abajo, sin pudor, sin indiscreción. A veces pueden ser paranoias nuestras, pero otras, como en esta pintura de Carl Bolch, pueden ocurrir de verdad.
Entramos en una hostería romana, y ¡sorpresa!, la mesa a primer término, con tres ocupantes, dos mujeres y un hombre se limitan a observarnos, a nosotros, al espectador. Han reparado en nuestra presencia, ya sea porque nos conozcan de algo o llevemos una pinta ridícula, pero de un modo u otro sienten la necesidad de mirar intensamente, sin ningún tipo de reparo.
La mujer de la izquierda, con el pañuelo en la cabeza, viste el típico atuendo de una mujer romana casada de la época, y nos mira con una expresión divertida, incluso de burla. El hombre se vuelve hacia nosotros más bruscamente con una aparente expresión de enfado. En cuanto a la otra mujer, nos observa con una pequeña sonrisa tras su copa, y un gesto más enigmático.
Pero no son sólo ellos, fijaos en otro observador aún más inquietante: el gato. Se trata de la escena de género más conocida del artista, que triunfa no sólo por su realismo si no por el grado de detalle y la capacidad de construir un ambiente interior tan conseguido. La pintura se la encargó su buen amigo y principal comitente, Moritz G. Melchior, al que Bloch incluye en la mesa del fondo, hablando con sus amigos, entre ellos el propio pintor, que es el que está sentado de espaldas. El tema, inspirado en una composición similar de otro pintor (Wilhelm Marstrand, del que Bloch fue alumno) tuvo cierto éxito e inspiró a otros artistas a crear escenas similares.