
La Fornarina
Musa y amante.
«Era una mujer hermosa, es inútil querer saber más», escribió Gustave Flaubert acerca de la Fornarina, la joven protagonista de este retrato.
Y es que no sabemos gran cosa de ella, tan sólo que su nombre era Margherita Luti, hija de un panadero (de ahí el apodo de Fornarina, en italiano fornaio es el que hace pan) y que fue una de las amantes de Rafael; el magnífico artista del Renacimiento (y una de las tortugas ninja), que tuvo una vida corta pero intensa, pues diversas fuentes, Vasari entre otras, afirman que Rafael fue muy amoroso y afectuoso con muchas mujeres.
Es el retrato de su amante, pero en cierto modo Rafael también está presente en él, pues si nos fijamos en su brazo, lleva un brazalete azul lapislázuli con una inscripción dorada en la que se lee: RAPHAEL VRBINAS (Rafael de Urbino, de donde era originario el artista), es como si su amante fuera prácticamente de su propiedad.
La joven mira ligeramente hacia la derecha, con una expresión un tanto misteriosa e incluso seductora en el rostro; ni está seria ni acaba de formar una sonrisa. Está sentada sobre alguna silla o taburete que no podemos ver, semidesnuda, pues vemos perfectamente su pecho y abdomen, cubierto por un velo transparente delicado, mientras que la parte inferior sí queda cubierta por una tela de tonalidades rojizas. Esta elección de la pose sedente y cubriéndose el pecho no es casual, Rafael se inspira y remonta a la Antigüedad Clásica siguiendo el modelo de lo que conocemos como la Venus Púdica, visible por ejemplo en la escultura de la Venus Capitolina (en los Museos Capitolinos de Roma), la Venus de Médici (presente en la Galería Uffizi de Florencia) o la Venus del célebre cuadro El Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli (también en la Uffizi). Todas estas Venus, pese a estar en pie, aparecen en una postura similar, llevándose las manos al pecho. La Fornarina no es una diosa, pero tal vez fuera lo más similar para el artista: su musa, su amada, a la que dota de una belleza casi divina.
El fondo y el paisaje de la obra es prácticamente imperceptible, predominan los tonos marrones, verdes y azules muy oscuros que hacen que destaque la tonalidad carne y rosada de la piel delicada y tez luminosa de la Fornarina, donde debemos centrar nuestra atención. Sin embargo, gracias a la intervención de rayos x, se reveló que la pintura en un origen mostraba un paisaje más claro, que Rafael decidió cubrir más tarde con el arbusto que vemos ahora, llamado mirto. Una planta cargada de simbología, asociada desde la Antigua Grecia con la diosa Afrodita y Venus, un símbolo de amor, fidelidad y fertilidad.
Rafael Sanzio