
No. 14, 1960
Sin título: Rothko S.A.
A las 9 de la mañana del 25 de febrero de 1970, Oliver Steindecker, el asistente de Mark Rothko entró en el estudio del artista y encontró a su jefe tirado. Se había cortado las venas y un charco de su propia sangre coagulada ocupaba 180 x 240 centímetros del suelo. Sobre el rojo de la sangre, estaba el cuerpo pálido del expresionista abstracto vestido con calzoncillos azules y calcetines negros. Menudo cuadro.
Desde luego, su muerte parecía un suicidio a todas luces. Rothko era alcohólico y depresivo. Su familia lo había abandonado. La muerte era un tema que lo había acompañado toda su carrera, pero sus últimas obras eran ya de tonos apagados, lúgubres, anunciando un final.
La policía no vio nada sospechoso y dio por archivado el caso como el #1867.
Pero la familia del pintor no pensó lo mismo. Había suficientes cabos sueltos en esta muerte ¿Dónde estaba la nota de suicidio? Y sobre todo ¿A dónde había ido a parar la herencia del pintor? El patrimonio de Rothko acabó en manos de una fundación salida de la nada. Eso sin contar todas las pinturas desaparecidas. Un Rothko ya valía una fortuna en la época.
Días después del fallecimiento, al funeral acudió todo el mundillo artístico. Todos, a excepción de su marchante Francis Lloyd. Tres meses antes, Lloyd había adquirido 658 pinturas de Rothko a un precio muy inferior al del mercado. Al año siguiente, valían más del doble.
Poco antes de su muerte, Rothko había donado a sus hijos algunas pinturas suyas extremadamente valiosas, pero tras el suicidio, Lloyd notificó a los herederos que, según los términos del nuevo acuerdo que había firmado con el pintor, la galería era propietaria de todas las pinturas de Rothko, sin excepción.
¿Nuevo acuerdo…? Kate Rothko, la hija del pintor, acusó a Lloyd y a varios más de haber engañado a su padre haciéndole firmar un contrato en el que dejaba todo su patrimonio a la Fundación Rothko y aceptaba vender sus cuadros en exclusiva para la galería Marlborough de Nueva York, así que decidió demandar.
En el proceso, que duró 8 años, se probó que la galería había estado filtrando los pagos de las obras de Rothko a través de cuentas en Suiza y Liechtenstein para asegurar que las pinturas estuvieran infravaloradas mientras el pintor estuviese vivo, vendiéndose a precios intencionalmente desinflados a sus amigotes, cobrando comisiones exageradas y dividiendo los albaceas testamentarios las ganancias como honorarios.
Tras todo el proceso, el juez dictaminó que las pinturas fueran devueltas a la familia y ordenó a la galería pagar más de 9 millones de dólares en daños y perjuicios. Marlborough optaría por borrar a Lloyd de su historia, como si nunca hubiera tenido nada que ver con ellos.
Como vemos, el arte —incluso el espiritual y místico como el de Rothko— sirve en demasiadas ocasiones para trapicheos y blanqueos de capital.
Mark Rothko