
Retrato de Louis-Auguste Cézanne, padre del artista.
Papá, yo soy un artista.
Cezánne pinta otro retrato de su padre, casi siempre leyendo. En este caso está ojeando el diario L’Événement, fundado por Victor Hugo a mediados del siglo XIX. Ahí escribía un gran amigo de Cezánne, Émile Zola, a veces defendiendo el arte moderno. Algo curioso, porque el padre de Cezánne era un tío bastante conservador y la línea editorial de este periódico tiraba a tendencias más progresistas.
Ahí lo vemos. Louis-Auguste Cézanne es una figura imponente por su monumentalidad. Parece una escultura. Se ve que había solidez. Cézanne lo pinta con espátula, dejando la materia bien visible.
Otra cosa curiosa de esta pintura es que Cézanne introduce una de sus naturalezas muertas en la pared del fondo, haciendo un interesante ejercicio de meta-arte. Quizás además deja clara una cosa: él es un artista, por mucho que su padre no lo aprobara.
Papá Cézanne quería que el joven Paul continuase sus estudios de derecho y se convirtiese en un respetado banquero como él, pero para su disgusto Cézanne decidió dedicarse a la pintura, y no a la académica precisamente… A esa horrorosa pintura moderna.
Aún así, aunque desaprobaba esa vida bohemia, su padre le pasaba una asignación mensual justita para no morirse de hambre. Quizás por eso Cézanne lo pinta así: rotundo, inamovible. Pero un refugio sólido al que agarrarse en caso de tormentas.
Paul Cézanne