


San Bartolomé desollado
A flor de piel…?
Comencemos con un poco de contexto sobre el personaje: San Bartolomé fue uno de los doce Apóstoles de Cristo, que como el resto, se dedicó a viajar por el mundo, predicando la palabra de Jesús. Llegó hasta Armenia, donde convirtió al cristianismo a decenas de ciudades, algo que provocó terribles consecuencias para él mismo, porque despertó la envidia y la ira de algunos sacerdotes, que veían cómo sus deidades locales, a las que ellos rezaban, iban quedando relegadas y olvidadas.
El cruel castigo que eligieron para San Bartolomé fue desollarlo vivo, y después decapitarlo.
Si buscamos representaciones de San Bartolomé en el arte antes de 1536 aproximadamente, ya sean pictóricas o escultóricas, lo más habitual será encontrar al Santo sosteniendo un libro (haciendo alusión al Evangelio) o con un cuchillo en la mano, haciendo referencia a su martirio, y a veces incluso con ambas cosas.
Pero…¡¿qué ha pasado aquí?! Lo que parece una representación monstruosa y demoníaca del apóstol y santo es en realidad un trabajo maravilloso de anatomía y originalidad. El escultor aprovecha el «creativo» martirio que sufrió Bartolomé para demostrar su talento como escultor. Al ser desollado, su piel ha desaparecido, y lo que queda a la vista son todos los músculos y tendones. Pero es que además, aunque parezca llevar una túnica sobre sus hombros y tapando sus partes nobles, esta túnica no es tela, ¡es su propia piel! y nos damos cuenta de ello rápidamente si rodeamos la escultura (pensada para ser vista desde todos los ángulos) y observamos la parte de atrás, donde cuelga lo que era la piel de su rostro, con barbas y cabello.
También llama la atención la inscripción en la base de la obra, que reza: Non me Praxiteles, sed Marcus Finxis Agrates;
es decir que fue Marco d’Agrate el escultor y no Praxíteles, uno de los artistas más famosos de la Antigua Grecia.
Anteriormente, os mencionaba la fecha concreta del año 1536 porque fue el año en el que Miguel Ángel regresó a la Capilla Sixtina y comenzó a pintar el gran Juicio Final, ya que su representación de San Bartolomé sigue a día de hoy dando de qué hablar. Fue el primero en ir más allá que las muestras artísticas previas del santo, y además del cuchillo en una mano, en la otra sostiene un pellejo, su piel arrancada, con un rostro en el que vemos nada más y nada menos que el autorretrato de Miguel Ángel, que probablemente se sentía muy desgraciado por encontrarse de nuevo encerrado en la Sixtina, pintando, obligado por el Papa.
Marco d’Agrate se inspira en este primer paso que dio Miguel Ángel y crea una escultura asombrosa, que por muy macabra que pueda parecer, en cierto modo encaja con la obsesión de una anatomía realista en el arte del Renacimiento. Es una obra que ha trascendido hasta la actualidad, y que inspiró a Guillermo del Toro en su última película, la adaptación de Frankenstein de este pasado 2025, para el aspecto de la criatura, queriendo salir de las habituales cicatrices exageradas y tornillos que hemos visto desde el cine de los inicios y buscando un aspecto más humanizado.
Marco d’Agrate