
Separación de la tierra de las Aguas
Casi un autorretrato inconsciente.
Dios observa su Creación. Hace un chequeo a su obra maestra, levantando esas enormes manos. Con ese gesto poderoso, separa la tierra de las aguas. Ordena el caos. Tres ángeles lo acompañan, agazapados en su túnica rosa.
Es otra de las escenas del techo de la Capilla Sixtina (ver aquí el conjunto, explicado escena a escena), que Miguel Ángel se pasó años pintando en posturas de contorsionista, con pintura y cal cayéndole en los ojos y aguantando las presiones de Julio II, que acosaba al artista para acabar el maldito techo.
Si miramos 20 metros hacia arriba en esa impresionante sala, cúlmen de lo mejor de lo que es capaz el ser humano, es obvio que valió la pena tanto esfuerzo—al menos para la humanidad—. Sin embargo, Miguel Ángel acabó agotado física y emocionalmente.
Para empezar, él era escultor, no pintor, y se sintió un extraño todo el proceso. Además de movilidad y forma física, MA perdió algo de visión en esos largos meses, por no hablar de su salud mental.
Pero dos cosas consiguió el artista: mucho mucho mucho dinero y algo mejor para un artista: gloria eterna. De hecho, consiguió algo incluso mejor para un verdadero artista: vencer a sus rivales, en concreto Bramante y Rafael, que pululaban por la sala y conspiraban todo el tiempo contra su contrincante.
Poderoso, temible, implacable, con sólidas manos creadoras… Esta imagen de Dios es casi un autorretrato inconsciente de un Miguel Ángel maduro al que aún le quedaba mucho por hacer. De hecho, volvería a la Sixtina a pintar alguna que otra obra maestra.
Michelangelo Buonarroti