
Ulises y Argos
El mejor amigo del hombre.
Cuando Ulises, después de tantos años alejado de su hogar al fin logra regresar a su amada Ítaca, aún le queda un último desafío: enfrentarse a los pretendientes, quienes habían aprovechado su larga ausencia y presunta muerte para arrasar la isla, alborotar y tratar de casarse con la reina Penélope.
Con la ayuda de la diosa Atenea, siempre de su parte, Ulises se disfrazó como un viejo mendigo para que nadie, ni siquiera su mujer y su hijo lo reconocieran.
Pero si hubo alguien que reconoció a Odiseo: Argos, el perro al que Ulises adoptó y educó cuando solo era un cachorro, veinte largos años atrás. El pobre Argos es ya muy mayor y está en malas condiciones: extremadamente delgado y enfermo. Pero sus ojos no engañan, ha reconocido a su dueño y lo mira con devoción y cariño, pese a no tener suficientes fuerzas para levantarse, sólo puede mover un poco la cola y agachar sus orejas.
Ulises lo contempla por un instante con el corazón roto, ni siquiera puede agacharse a acariciarlo por un momento; cualquier aparente gesto de familiaridad y cariño hacia Argos hará que su estrategia sea descubierta, pudiendo costarle la vida y el futuro de su tierra. Apenas logra contener las lágrimas, y, tras derramar unas pocas en silencio por su amado y leal Argos, debe seguir caminando hacia adelante.
Así, como si el destino se cumpliera, justo después de este momento desgarrador, Argos exhalará su último aliento, no sin antes haber podido ver a Ulises regresar a casa, ver a su querido amo por última vez.
Es una obra con una tremenda carga emotiva. El artista, Briton Rivière, era un gran amante de los animales, y en la mayoría de sus obras aparece alguno como protagonista, a los que siempre dota de gran dignidad, ternura y bondad.
Aquí Argos demuestra el fuerte vínculo que se crea entre un perro y su humano, difícil de expresar en palabras y que solo la gente que tiene o ha tenido la suerte de tener mascota puede comprender. Los animales son mejores que nosotros en todos los sentidos, y además tenemos la suerte de que nos quieran con locura, para ellos somos todo su mundo.
Briton Rivière