
Autorretrato con ojo herido
La monstruosa bajo la máscara.
No es un rostro que se deforma, es un rostro desesperado. No es el reflejo del alma, es la carne, la carne de la cara como alma, y la carne la que habla.
«El rostro humano, nuestro semblante, aún no ha encontrado su cara»
Antonin Artaud
En 1971 Francis Bacon inaugura una esperada retrospectiva de Bacon en Grand Palais de París que supondrá la consagración definitiva, tras años de incomprensión y ataques a su arte figurativo y visceral en la época gloriosa del sobrio expresionismo abstracto estadounidense.
Horas antes del gran momento, Bacon encuentra a su pareja George Dyer en el baño del hotel, desnudo y muerto sobre el retrete. Dyer se ha suicidado. El pintor cerrará la puerta, irá a inaugurar la exposición, y solo después de cumplir con su obra, de vuelta al hotel, llamará a la policía para levantar el cadáver de su amante.
Su rostro descompuesto contra la pared del baño le perseguirá toda la vida. Bacon, que había estudiado como nadie antes las formas imposibles del rostro en los otros, empezará a pintar su propio rostro.
A partir de entonces comenzará una serie de autorretratos, no muy numerosos (nunca fue la cantidad su método) pero sí centrales en la construcción de su estética del rostro, donde destaca el tríptico y este.
«Me he tenido que dibujar a mí mismo, que no me gusta mi rostro, porque han muerto todos a mi alrededor».
Francis Bacon
Sin embargo, este viaje del retrato al autorretrato, explicado así por el irlandés, es un problema más profundo de lo que parece.
Bacon nunca pintaba al natural, sino a partir de fotografías. Por lo que el problema de sus amigos ausentes no parece suficiente para explicar que no pueda pintarlos, es más bien una imposibilidad de orden simbólico, afectivo. El rostro es una muestra del grito estático que supone vivir. Representa la vida, la vida viva y desatada, liberada de la imposición de orden y armonía.
En Mil Mesetas, Deleuze y Guattari, en la sección rostritud, plantean el rostro como una organización social y política de la imagen propia, un dispositivo biopolítico que el sujeto debe ordenar y controlar para funcionar en el orden social. La identidad propia presentada dentro de los límites establecidos. El devenir de la cara, su mueca, su grito, su espasmo, deben ser controlados y ordenados.
La idea en Bacon es la contraria: revelar la cara bajo el rostro personal que siempre es máscara. Esa cara, verdadera y desatada, aparece en el grito, en el espasmo, en el espejo.
«El rostro es el alma del cuerpo».
Ludwig Wittgenstein
En este Autorretrato con ojo herido, como en los demás retratos de sí y de otros, en toda su obra, buscará en la violencia de su pincel, en el espasmo estático del grito silenciado, la monstruosa cara que se esconde bajo el ordenado rostro que se nos impone.
«No, yo no deformo por el placer de deformar; no están sometidos a tortura. Pruebo, intento transmitir una realidad de una imagen en su fase más desgarradora. Aunque puede que no lo consiga».
Francis Bacon
Aquí, y en tantos otros, lo consiguió.
Francis Bacon