
Dama con ramillete
Busto de una amante.
En la historia de la escultura, los bustos se hicieron muy populares en la Antigua Roma para representar a los emperadores o gente más poderosa en un formato más pequeño, desde la cabeza hasta el pecho. En el Renacimiento, se retomó esta tradición y las familias con más dinero encargaban bustos como una especie de antecedente a las fotografías (con relieve en este caso, claro) para tener por siempre una representación y recuerdo de sus seres más queridos. Se realizaban bustos de hombres y mujeres de todas las edades; bebés, niños, jóvenes y ancianos (recordemos que en aquella época la vida era mucho más frágil y la muerte acechaba con más facilidad en cada esquina), morir joven era mucho más normal y estaba a la orden del día.
Este busto no fue un encargo de una familia de clase media con algo de posibles; la obra desprende calidad y una ejecución excelente. El artista no era cualquiera; se trataba de Andrea del Verrocchio, el maestro de Leonardo da Vinci, escultor y pintor al que no le faltó nunca faena y uno de los favoritos de los Médici, para los que realizó muchas esculturas, entre ellas el busto que contemplamos.
Es un misterio la identidad de la mujer representada, aunque dos de las teorías más aceptadas es que se trataba o bien de Lucrezia Donati, joven amante de Lorenzo de Médici, o bien de Fioretta Gorini, la amante de Giuliano de Médici. Es decir que en cualquier caso la dama inmortalizada sería una de las amantes de estos jóvenes hermanos Médici, a las que amaban más que a sus esposas.
Verrocchio ejecutó esta obra para que se admirara desde un sólo punto de vista: frontal. Sin embargo, el tratamiento es tan magnífico, que consigue dotarla de un realismo sorprendente. La expresión de su rostro, pese a ser piedra, muestra una vitalidad extraordinaria gracias a su ligera desviación facial. La cabeza no está recta ni rígida, si no que tuerce el cuello parcialmente hacia un lado, en una pose mucho más natural y creíble. Pero donde recae nuestra atención es en las manos. Verrocchio hace trampas: los bustos solían mostrar de la cabeza al pecho, sin extremidades, pero el artista llega más abajo y añadió los brazos y las manos de la joven, unas manos delicadas que se cruzan y sostienen un ramillete de florecillas. La gestualidad de sus manos logra un naturalismo sorprendente, algo nunca visto en bustos anteriores a este, y casi podemos imaginarla en vida y en una acción cotidiana, recogiendo flores silvestres para hacer un ramito.
Andrea del Verrocchio