
David
Pequeño, pero matón.
La producción de la imagen del David en el arte es tan extensa como curiosa. En el Renacimiento, lejos —o no tanto— de Miguel Ángel o Donatello, Andrea del Verrocchio dejaba su huella con un joven, sensual y heroico David.
Realizada en bronce, concretamente con la técnica de cera perdida, el florentino nos presenta al héroe bíblico como un adolescente, en una especie de túnica vestida de inocencia. En él, se destaca su cabello rizado, al igual que toda su fisonomía corporal, dejando a Verrocchio como un maestro orfebre. Lejos de la idealización, el joven porta una espada y mira, victorioso, feliz (o no tanto) a un punto fijo, mientras que su cuerpo se corona con un contrapposto, apoyando el peso del cuerpo sobre la pierna derecha. Esto genera un ligero dinamismo que rompe la rigidez frontal. En sus pies descansa la cabeza decapitada de Goliat, con una expresión que parece debatirse entre la derrota y el arrepentimiento por no haberse tomado más en serio a aquel «enano» con una honda. Sus facciones, tratadas con un intenso naturalismo, contrastan con la serenidad de David y añaden un discreto toque de humor a la escena: el gigante, que debería dar miedo, termina siendo pedestal de la pequeña pero matona escultura.
Como curiosidad, el modelo de la escultura podría ser el aprendiz que retiró al maestro de la pintura: Leonardo Da Vinci. El futuro gran genio del Renacimiento por esta época era un joven adolescente que probaba suerte en el taller de Verrocchio. Afortunadamente para la historia del arte, Verrocchio nunca abandonó la escultura: mientras Leonardo emprendía su propio camino, su maestro siguió dejando en el bronce algunas de las obras más refinadas del Quattrocento.
Andrea del Verrocchio