
El puente Ōhashi en Atake bajo una lluvia repentina
Postal japonesa de verano.
Las tormentas de verano tienen algo especial. Quizás es el calor espeso previo a su estallido, quizás es la lluvia torrencial que nos deja fríos, pero no por demasiado tiempo. Esta sensación es la que transmite El puente Ōhashi en Atake bajo una lluvia repentina. Unos peatones cruzan el puente sobre el río Sumida y se ven sorprendidos por el chaparrón, y corren a guarecerse, protegiéndose como pueden de la lluvia. La cortina de agua que les cae encima va difuminando el paisaje. Hay una balsa de madera más allá del puente que lucha contra la corriente mientras que el barrio de Atake, en la otra orilla, se intuye de forma difusa.
Utagawa Hiroshige era amante del paisaje en todas sus horas del día, sus estaciones y sus momentos atmosféricos. En esta obra se enfrenta a un reto especialmente complejo: representar la fuerza de una tormenta intensa sobre el papel. El artista no se limita a describir un lugar, sino que capta un momento fugaz, casi accidental, como si el espectador hubiera sido sorprendido por la lluvia junto a los personajes de la escena.
De nuevo, el autor nos muestra un punto de vista peculiar, suspendido en el espacio, muy característico de su obra. La composición se organiza a partir de una estructura triangular y dinámica, imaginativa e innovadora, dominada por de gruesas franjas diagonales en tonos fríos. Las líneas del puente y la orilla convergen fuera del encuadre, creando una sensación de continuidad muy cinematográfica. Las gruesas franjas diagonales y los tonos fríos refuerzan la idea de movimiento y humedad. La lluvia está representada de forma magistral mediante finas líneas verticales de tinta que atraviesan toda la escena y que acentúan la verticalidad del conjunto. Un recurso sencillo —¡Que no simple! — pero muy eficaz para transmitir intensidad y ritmo.
Japonaiserie: Puente bajo la lluvia (1887)
Vincent van Gogh
Óleo sobre tela, 73 x 54 cm
Museo Van Gogh, Amsterdam
De nuevo, los impresionistas quedarían anonadados con Utagawa Hiroshige. En 1887, Van Gogh copiaría esta obra al óleo, como hizo también con el Jardín de ciruelos de Kamada, convirtiendo ambas obras en las estampas más conocidas de la serie Cien famosas vistas de Edo, hecha entre 1856 y 1858. Esta serie estaba destinada a la clase media urbana japonesa y pretendía mostrar la belleza de la actual Tokio en todas las estaciones del año. Si los ciruelos de Kamada nos mostraban un lugar en primavera, esta obra la sitúa en el verano. Si queréis ver otro cambio de estación, os recomiendo ver otra de sus obras, esta vez, en invierno.
Estas estampas se realizaron poco después del gran terremoto que destruyó Edo en 1855. Sin embargo, en la serie no aparecen escenas de ruinas ni de reconstrucción. Hiroshige optó por una visión idealizada y optimista de la ciudad, mostrando sus lugares más emblemáticos como espacios vivos y armoniosos.
De este modo, sus obras no solo funcionaban como imágenes decorativas o recuerdos de viaje, sino también como una forma de transmitir la idea de una ciudad recuperada y en equilibrio con la naturaleza.
Utagawa Hiroshige