
Helvoetsluys
Fuego y Agua.
Dos formas radicalmente distintas de ver el paisaje. Y eso que los dos eran románticos. Eso demuestra lo heterogéneo que fue ese movimiento que exaltaba la libertad individual.
Para John Constable (1776–1837) no existía el dramatismo. La naturaleza era bucólica, quizás perturbada amablemente por un par de esponjosas nubes.
Para William Turner (1775–1851) todo era áspero y turbulento. Naufragios, incendios, tormentas y nieblas espesas: ahí radicaba la belleza.
A principios del XIX, a diferencia de Francia, que estaba pasando una época bastante emocionante en lo político y social, el Reino Unido era un lugar, no vamos a decir aburrido, pero sí tranquilo. Y así era también su arte, donde el paisaje estaba muy de moda.
En ese contexto emergió Turner, el hijo de un barbero y fabricante de pelucas, que resultó que dibujaba la mar de bien. Con 12 años ya pintaba y vendía sus primeros dibujos. Con 14 comenzó sus estudios y con 17 ya lo aceptaron en la Royal Academy. En 1802 obtuvo el estatus de académico de pleno derecho.
Constable, hijo de molinero, se crió en su amada Suffolk. Iba a heredar el próspero negocio, pero se aburría. No sabía qué hacer con su vida hasta que con 19 años conoció a un rico que le enseñó un cuadro de Claudio de Lorena, el primer paisajista puro de la historia del arte. Ese mismo día Constable se hizo pintor. Sería admitido en la Academia con 22 años.
Turner cursó sus estudios muy rápido. Quería recorrer Europa y ser alguien. Constable pasaría once años estudiando. No tenía ambición ni prisa alguna para ser célebre. Si algo quería John, era volver a casa y pintar los tranquilos prados y bosques de Suffolk junto a su mujer Maria Bicknell, con la que estaría toda su vida.
Turner vendía su obra bastante bien, pero las pinturas de Constable no acaparaban esa atención del público. Sólo le comprarían 20 cuadros en su vida, la mayoría en Francia.
En 1831, Constable quiso equilibrar las cosas. Formaba parte del comité que organizaba la Exposición de Verano de la Real Academia, el evento artístico más importante del año, y buscó un lugar destacado para su «Catedral de Salisbury» (1823). Para ello, reubicó él mismo una pintura de Turner, que fue a parar a un apartado rincón. Cuando Turner se enteró, armó un escándalo. Constable trataría de salvar las apariencias como pudo ante una audiencia que le rehuyó toda la velada. Dicen que se retorcía y agitaba como un criminal pillado in fraganti.
La prensa de la época se hizo eco de esta rivalidad y hablaban de «Fuego y Agua». Un año después, en la Exposición de Verano de 1832, el conflicto escaló.
Constable pretendía exponer una obra de dos metros titulada Puente de Waterloo (1820) en la que había trabajado durante quince años. Esperaba, por tanto, muy buenas críticas. Confiado, hasta la colocó al lado de un Turner algo soso titulado Helvoetsluys (1817), unos simples barcos flotando en un puerto. Era una pintura atonal, casi incolora. Su puente era mucho mejor.
Waterloo Bridge
John Constable (1823)
Óleo sobre tela
55,1 x 77,9 cm
Cincinnati Art Museum
Pero al verlo, Turner sacó en el acto un poco de pintura roja, aplicó un punto en el lienzo y con un pañuelo emborronó ahí mismo la mancha emergiendo de la nada una boya.
Una boya que cautivó a todos.
Constable declararía después: «Estuvo aquí y disparó su arma». Esa boya lo acabó de matar. A su lado, la obra de Constable parecía recargada y exagerada. La de Turner era simple y brillante. El fuego venció al agua.
Se dice que Constable recordó este evento toda la vida como el momento que arruinó su carrera, y nunca perdonaría a Turner por ello.
Así eran los románticos: veían tormentas aún cuando brillaba el sol.
William Turner