
La cara de la guerra
Horror exponencial.
Dalí se encontraba a salvo en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (George Orwell lo acusaría de «escabullirse como una rata»). Ahí pintaba y sobre todo ganaba pasta, dos de las cosas que más le gustaban al pintor.
Vivía en la soleada California, lejos de las bombas y los genocidios, pero aún así, tonto no era. Sabía perfectamente del horror de los desastres de la guerra y por eso decidió pintar un cuadro que retratara a uno de los jinetes del Apocalipsis, con cara, con ojos y boca. El rostro de la guerra, así tituló la obra, huyendo de sus típico títulos surrealistas de veinte palabras incoherentes.
De sus pinceles surgió una pintura terrorífica: una cabeza seca, marchitada, flotando sin cuerpo en un desierto estéril rodeada de serpientes a modo de medusa. En las cuencas de sus ojos y en su boca que clama un grito sordo hay calaveras dentro de otras calaveras, así en bucle hasta el infinito.
Si Dalí pintaba sueños con realismo velazquiano, aquí pintó una horrible pesadilla. La guerra no son batallas heroicas. Es una mísera pasa marchita, quemada por el sol. Es un fantasma pestilente. Es una guerra que engendra más guerras, un horror cósmico, una tragedia fractal que va multiplicando exponencialmente el horror hasta el infinito.
En la esquina inferior derecha hay una huella de una mano. El propio Dalí afirmó que esa era su propia mano, su firma.
Salvador Dalí