
La caza del león
O lo viejo, o lo nuevo.
Una de las rivalidades más enconadas de la historia del arte fue la que tuvieron los pintores Jean-Auguste-Dominique Ingres y Eugène Delacroix, considerados dos de los mejores pintores del XIX francés.
Y aunque fueron coetáneos, no podían ser más diferentes.
Porque no sólo encarnaron el choque de dos generaciones aparentemente antagónicas (Ingres le llevaba 18 años a Delacroix). Era la calma neoclásica contra la tormenta romántica. Era también el conflicto entre el dibujo como lo más importante o si lo es el color.
En definitiva, el eterno combate entre lo nuevo y lo viejo. Lo que hace avanzar al arte.
Ingres era una vaca sagrada del arte francés. Toneladas de medallas, premios y cargos institucionales lo avalaban. Representaba la tradición y la Academia. Por su parte, Delacroix era lo contrario. La libertad era más importante que cualquier nimio error técnico. Aprendió todo del neoclasicismo, pero sabía que había mucho más por descubrir en el pasado de las ruinas medievales, en la sangre de los maestros barrocos, en la obra extraterrestre de Goya o en países exóticos y lejanos que visitar.
Ingres aprendía de viejas estatuas, Delacroix visitaba el Jardín Botánico para ver tigres y leones. Para Ingres, esos pesados jovencitos románticos eran una amenaza. Delacroix sólo quería superar lo viejo. Uno quería matar al padre. Otro darle un buen tortazo a su hijo.
«El apóstol de la fealdad» lo bautizó uno, «ridículo» y «pomposo» lo describía el otro.
La crítica espoleó un poco el conflicto. Los periódicos sacaban constantes caricaturas de estos dos enfrentándose en duelos.
Albert Bertall
Le Journal pour rire.
Julio de 1849.
En 1855 al fin coincidieron en sendas retrospectivas en la Exposición Universal de París. Ambos presentaron decenas de cuadros, y querían que el público francés tomara partido. O lo viejo, o lo nuevo.
Delacroix presentó especialmente para la exposición esta Caza del león, puro movimiento sin control, puro color sin dibujo, la pesadilla de Ingres.
En plena exposición, se cruzaron brevemente frente a uno de los cuadros de Ingres, y cuando Delacroix siguió su camino sin abrir la boca, el neoclásico murmuró:
—Habría que abrir las ventanas de esta sala para ventilar el olor a azufre.
Los dos artistas fueron reconocidos con la Grande Médaille de la Exposición, cosa que le sentó como un tiro a Ingres.
Eugene Delacroix