
Madonna de los palafreneros
Demasiado real para la Iglesia.
Para comprender la historia de esta obra viajamos al pasado, hasta septiembre del año 1605, cuando el Papa Pablo V, con nuevos planes en mente para la Basílica de San Pedro, ordena la demolición de la antigua nave, que provocó la destrucción de siete altares, que se trasladaron al nuevo transepto.
Uno de estos altares era propiedad de la cofradía de los Palafrenieri, cuya patrona era Santa Ana, la madre de la Virgen.
A finales de octubre del mismo año, los miembros de la cofradía decidieron encargar un retablo de su patrona para su nuevo altar en San Pedro, y tras un tiempo de valoración, el candidato elegido para la obra fue Caravaggio.
Le pagaron poco para un encargo de semejante calibre (un total de 50 scudi), pero el atormentado artista, recién desahuciado, endeudado hasta las cejas, con una nueva herida de espada por algún combate reciente y continuos problemas con la ley, no se vio en posición de exigir más, y consideró el encargo como una oportunidad para salir del aprieto y aparentemente pozo sin fondo en el que se encontraba; de hecho lo realizó muy deprisa, su situación era urgente: en menos de cuatro meses ya lo había terminado y entregado.
La obra muestra a tres figuras absortas en la confrontación con el mal absoluto, representado en una serpiente. La Virgen y el niño Jesús aplastan al unísono a la serpiente con sus pies, que se retuerce agónicamente. Mientras tanto, Santa Ana, ya algo encorvada por sus años y con un aspecto de salud frágil, observa solemnemente la escena, la derrota del demonio.
La atmósfera de la pintura es tranquila; no hay cabida para el drama porque lo que hace aquí Caravaggio es representar una alegoría, no cuenta una historia violenta ni sanguinolenta (habitual en muchas otras de sus obras). La serpiente es un símbolo del mal y de la muerte, por eso en su agonía forma espirales desiguales y rotas, mientras que el niño Jesús es la personificación del bien y de la vida eterna, por ello entre el dedo pulgar e índice de su manita extendida se podría dibujar un círculo perfecto.
Gracias a los archivos de la cofradía de los Palafrenieri, conocemos la historia de la recepción que tuvo la pintura una vez terminada, y os adelanto que fue del todo desafortunada.
El 8 de abril de 1606 Caravaggio entrega la obra, adjuntando además un certificado de su puño y letra al diácono de la cofradía, declarando su satisfacción con el resultado final de su pintura.
El 14 de abril se pagó a un carpintero para instalar el cuadro en el altar de Santa Ana, y ya se exhibe al fin en la capilla de la confraternidad, pero tan sólo dos días después, el 16 de abril, se retira y ordena guardarse en la Iglesia de Sant’Anna dei Palafrenieri. Ya podéis imaginaros la semejante humillación y ataque de rabia que debió sentir el siempre irascible Caravaggio, sabiendo que su pintura no había permanecido apenas dos días instalada en el interior de San Pedro.
Cargaron la monumental obra sobre una carreta y una mula la llevó hasta su nuevo destino. Destino en el cual no duró demasiado, puesto que a mediados de junio del mismo año la confraternidad se la vendió a Scipione Borghese por 100 scudi.
El motivo aparente que llevó a la cofradía a deshacerse de la obra es que no les gustó el resultado final por diversos motivos. En primer lugar, la representación de su patrona, Santa Ana, como una anciana en la penumbra; también la del niño Jesús por aparecer completamente desnudo, considerado indecoroso. Pero el problema principal lo tenían con la Virgen y su vestido rojo escotado. Caravaggio quiso destacar la faceta más maternal de María, que se echa hacia adelante y ayuda a su hijo a pisar a la serpiente, postura que resulta demasiado real para permitir su entrada y mucho menos su estancia en San Pedro, puesto que la Contrarreforma veía a la Virgen como la Reina de los Cielos, la mujer más pura y perfecta, muy alejada del canon naturalista del artista.
Y así, el siempre incomprendido Caravaggio no tuvo lugar en el Vaticano, y su pintura acabó de rebote en la Galería Borghese, porque Scipione Borghese, pese a ser un cardenal, admiraba a Caravaggio, y se hacía con todas las obras que podía del gran artista.
Caravaggio