Mi propio callejón sin salida
Prisionero de su arte.
Por obra y gracia de sus obras exhibidas clandestinamente en el metro, en apenas diez años Keith Haring pasó de pueblerino muerto de hambre malviviendo en Nueva York a icono del grafiti, de la generación pop y de la cultura callejera de los años 1980. Esta década debe lo mejor de su estética a un artista que supo convertir en tótems visuales sus formas simples similares a dibujos animados.
Con el tiempo, el anonimato de lo underground acabó por desaparecer, y Haring se convirtió en un artista a tener muy en cuenta también en los museos. De ser detenido en numerosas ocasiones (en alguna los policías le pedían un autógrafo tras tomarle las huellas dactilares), pasó a ser contratado para dejar su arte en el muro de Berlín, cerca de la Torre de Pisa, en colegios en Australia o en hospitales en Brooklyn. Y Haring metió cada vez más y más contenido político en su obra, expresando de manera muy simple y a la vez muy compleja conceptos como muerte, enfermedad, sexo y guerra.
Mucho antes de toda esta fama, era estudiante en la School of Visual Arts (SVA), Haring decidió pintarse en video en una performance absolutamente ochentera, con música de Devo como banda sonora.
En su casa decidió extender en el suelo un papel blanco de tres por tres metros que se había encontrado en la calle. Mojó la brocha en tinta y a ritmo de la música empezó a construir sus intrincadas composiciones y figuras con total confianza en lo que hacía, documentando el proceso con una cámara de video.
La pintura iba llenando todo el papel e iba avanzando hacia el artista que se iba quedando arrinconado en una esquina. Quedó atrapado por su propia pintura. No hay mejor símbolo de la dedicación total de Haring a su arte.
Keith Haring