
Monograma
No nos joroba.
El cubismo de la española María Blanchard fue único en el mundo, como lo era la propia artista.
Blanchard se apuntó al revolucionario movimiento en ese París de los años 10, siguiendo los postulados de su paisano, amigo y también migrante Juan Gris, o del muralista mexicano Diego Rivera, que fue su compañero de apartamento, pero rápidamente desarrolló un estilo propio e inconfundible que gustó muchísimo a los marchantes de arte moderno de la época (léase Gertrude Stein, el poeta Léopold Zborowski, marchante de Modigliani y Soutine, y sobre todo Léonce Rosenberg que pagaba los cuadros de Blanchard por adelantado).
Por ese colchón financiero, Blanchard pintaba lento, pero pintaba muy bien. Eran obras como este Monograma, una naturaleza muerta realizada como un collage, que representa en una perspectiva distorsionada, al modo cubista, objetos fragmentados de confusa identidad, pero también cachos de palabras. Podemos ver hasta sus iniciales MGB, María Gutiérrez Blanchard.
Y es que hay quien ve en la distorsión cubista de Blanchard una especie de autorretrato. Es sabido que la artista nació con una columna vertebral deformada que de mayor le dio una prominente joroba y una incómoda cojera que quizás la hicieron obsesionarse desde con la belleza. Quizás con el arte podía llegar a conseguir esa belleza que su cuerpo le negaba.