
Picnic
Sin jurado ni premios.
Después del impresionismo, algunos artistas siguieron explorando más allá. Hubo quien le llamó a esto neo-impresionismo, otros puntillismo. Consistía en llevar la ciencia a la pintura mediante el estudio del color.
Los años 80 del siglo XIX fue el corazón de la Belle Époque (entre el final de la guerra franco-prusiana en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914). Fue una época de gran optimismo. La paz y prosperidad trajeron nuevos e increíbles inventos, la literatura de Julio Verne, la torre Eiffel, enormes avances en la medicina… El arte no se podía quedar atrás.
Convencido de los beneficios de la ciencia en el arte, Georges Seurat fue uno de esos pintores que teorizaron sobre la aplicación científica del color que, como cualquier otra ley natural, podría llevarse a la pintura. Podría ser el ojo quien mezclara los colores, y no el artista. Sería el propio espectador quien hace la función de paleta y ordena la escena en su retina.
A Seurat no podía importarle menos el tema de sus cuadros. Lo importante era la técnica, pero la mayoría no entendió su enfoque científico. Ni la crítica, que casi nunca sabe cómo mirar cuando aparece algo nuevo, ni el público, que no estaba preparado para ese extraño puntillismo y se burlaba de los cuadros, ni sus colegas pintores, a la mayoría de los cuales el arte de Seurat les parecía mecánico y sin vida.
Los impresionistas más hardcore (léase Monet y Renoir) nunca entendieron el arte de este chaval, por la frialdad de su pintura y porque además pintaba en su estudio. Se pasaba el día en su taller y llegaba a tardar años en pintar una obra.
Además, el chico era un poco antisocial. No le interesaba lo más mínimo temas que a ellos les apasionaban como la política, la música o la literatura. Cuando iba a una de esas ruidosas tabernas, Seurat sólo hablaba de pintura, y muy poco. Degas lo llamaba «el notario». Aunque al final acabaron por aceptarlo, en parte gracias a Pisarro, su máximo defensor. Después de todo, Seurat era uno de ellos.
En 1884 el pintor intentó colar su obra en el Salón de París, pero lógicamente fue rechazado. ¡Un cuadro pintado con puntos! ¿Estaba loco este tío o qué? Pero a Seurat esta obra le había costado sangre, sudor y lágrimas y le dolía de verdad que supuestos expertos en arte no valoraran al menos el esfuerzo.
Es por ello que decidió montar su propio Salón, el Salón de los Independientes, con el lema «Sin jurado ni premios» (Sans jury ni récompense). Desde ese mismo año, esta institución se convirtió en la principal impulsora de las tendencias artísticas hasta mediados del XX.
Sus pinturas eran efervescentes como copas de champán, extrañas como el sueño de una tarde de domingo, modernas…
Aún así, su obra seguía sin ser entendida. Seurat no vendía. Esto provocó que su situación económica nunca fuese del todo floreciente, y tras duros años de búsqueda de sustento fallecería a los 31 años de una enfermedad fulminante, quizás difteria o meningitis, nunca se supo.
Su colega puntillista Paul Signac apuntaría a la verdadera causa de la muerte: Se mató de tanto trabajar.
Georges Seurat