
Van der Rohe y Philip Johnson con la maqueta del Seagram Building.
Retrato de la Arquitectura Moderna.
Continuamente los diversos —y en ocaciones esperpénticos— Alejandros del mundo han necesitado a los Apeles y Lisipos de turno para legitimar su poder; los segundos, por su parte, hallaron en los primeros su ascensor social. La arquitectura será una de las asignaturas más disfrutonas de esa simbiosis debido a su carácter público y monumental. Viaje con nosotros a Nueva York para conocer un excelso caso Mid-Century.
El Seagram Building, diseñado por los arquitectos Mies van der Rohe y Philip Johnson (encargándose principalmente de los interiores) refleja colosalmente la década eisenhoweriana, años norteamericanos de dulce confianza económica y exacerbado consumo en abierta guerra fría. A lo largo de sus treinta y nueve plantas, Van der Rohe replica a gran escala el pabellón de Alemania que diseñara para la Exposición Universal de Barcelona de 1929 en colaboración con su socia y amante Lilly Reich. En su extensa vida laboral el arquitecto redundó sin fin sobre aquella máxima de la forma sigue a la función, proyectando edificios antipáticos hacia las decoraciones en fachada y muy entregados en cambio a las plantas diáfanas en un racionalismo estructural trabajado a base de ángulos rectos de acero, hormigón y vidrio. «No hay que inventar una nueva arquitectura cada mañana» —Mies siempre sostuvo—. Sería, este, otro manifiesto arquitectónico de los códigos constructivos de la Arquitectura Moderna veinte seis años después del hito catalán.
Interesante conocer que la amplía plaza que antecede al edifico (la construcción ocupa la mitad del solar) se decidió pública. Lo que pudiera parecer un gesto altruista del promotor de la torre a la ciudad, probablemente delate una carísima y arrogante decisión para garantizar a pie de calle la mejor visión de la mole.
La historiografía del arte siempre ha conspirado con las tres virtudes edilicias tecnología, simbolismo y vanidad para erigir las tipologías icónicas de cada una de sus etapas: en Europa las catedrales revelan el amor teocrático de los medievales y en la Edad Moderna los ayuntamientos demostraron los deseos civiles de los ciudadanos burgueses. Al otro lado del Atlántico, a partir del siglo XIX y desde Chicago como urbe primeriza, se comienza a manifestar desde Estados Unidos el poder omnímodo del capitalismo con sus rascacielos corporativos. Alcanzando nuestro tiempo, ellos, rozando babélicamente las nubes, nos gritan una y otra vez en múltiples lenguas que el dinero sigue siendo el opio —y la religión— del pueblo.
Irving Penn