Carlos Maside
España, 1897–1958
Nacido en la aldea de San Xulián de Requeixo, trabajó en un almacén de telas, hizo el servicio militar en Madrid y se convirtió en profesor. Más allá de tener estudios en una época en la que la mayoría de la población era analfabeta, diríamos que su vida fue de lo más normal. Pero no sería cierto: Carlos Maside fue uno de los primeros artistas en renovar el arte gallego.
Pintor, dibujante y grabador, estableció su vida y su estudio en Santiago de Compostela, donde se sumergió en el ambiente intelectual de la época. Gracias a una beca de la Diputación de Pontevedra vivió en París entre 1926 y 1927. Allí conoció los volúmenes de Cézanne y los colores del fauvismo. También entró en contacto con el expresionismo centroeuropeo y con las obras neoclásicas del Picasso de Fontainebleau, que tanto influirían en la obra inicial de Maside y, en general, de todo el grupo de los «Renovadores». De vuelta en Santiago realizó su primera exposición individual en 1930 y expuso en otros lugares de Galicia, en Barcelona, Estados Unidos y Argentina. En aquellos momentos de éxito Maside ya era una respetada figura central en el movimiento renovador, y siempre mantuvo un compromiso político. Entendía que el papel de los intelectuales era ser la voz del pueblo, un pensamiento –presente en su obra– procedente del arte soviético que pudo fructificar en el ambiente progresista de la España de la República y del nacionalismo gallego.
Sus posiciones las pagó caras. En 1936 comenzó su exilio interior, fue inhabilitado como profesor y apartado de la vida pública oficial. Con todo, siguió llenando su estudio de magníficas obras innovadoras. Murió en 1958 por una enfermedad, y Luís Seoane escribió lo siguiente: En los veintidós años de su alejamiento absoluto de todo lo que significase Estado o política oficial de España (…), en su hermandad con los exiliados, en su solidaridad con el pueblo, Maside ha trabajado en silencio, apartado, solo, haciendo obra para el futuro de Galicia, indiferente a su propio personal destino. Ajeno a cualquier gloria o beneficio (…).
Aun cuando nadie lo miraba él seguía creando. Nada hay que añadir a este sublime epitafio.