
Andrómeda encadenada a una roca
Desnuda y prisionera.
La historia de Andrómeda es una de las moralejas que más se repiten en la mitología: nunca afirmes ser mejor que los dioses. Y también, rozando lo cliché, la joven inocente que paga el castigo por las acciones de otra persona.
Andrómeda era una princesa, hija de los reyes de Etiopía, país que para los griegos de la Antigüedad Clásica se antojaba remoto, muy lejano y exótico. Casiopea, la reina del lugar y madre de Andrómeda, era una mujer apuesta, pero con un defecto tremendo: la vanidad.
Un día cualquiera, henchida de orgullo, declaró en voz alta que su belleza era superior a la de las Nereidas, las ninfas marinas, y presumió y alardeó de ello sin pudor ninguno. Sus palabras llegaron a los oídos de Poseidón, el dios de los océanos, que enfureció con las palabras de la reina, y en consecuencia desató un gran diluvio. Pero, no contento con ello, decidió también enviar a un gigantesco y temible monstruo que habitaba en lo más profundo del océano para que asediara al reino.
Como siempre en estas situaciones críticas y de caos absoluto por ofender a los dioses, se recurrió a lo confiable: consultar al oráculo. La respuesta de este fue más clara y precisa que otras veces: la única manera para salvar al reino y no perecer ante esa terrible criatura marina era sacrificar a su princesa. Un precio muy alto que pagar por un instante de vanidad e insolencia.
Siempre se obedecía al oráculo, por ello, pese a la terrible solución expuesta, Andrómeda fue encadenada a unas rocas en la costa, donde rompían las olas, al alcance del monstruo.
Y este es el momento que elige Gustave Doré (que no se dedicaba únicamente a los grabados, también era un pintor excelente), igual que muchos otros artistas anteriores, para representar a la joven: en el momento de máximo dramatismo, encadenada por las muñecas en una roca, sin escapatoria, aterrorizada, mientras la criatura se acerca con la boca abierta, lista para atacar y arrebatarle la vida a la princesa. No hay salvación, no hay esperanza, el final es inminente, parece decirnos la pintura. Sin embargo, Andrómeda tuvo un final feliz después de todo, muy a lo princesa Disney, puesto que Perseo, héroe griego, la rescató en el último momento, «y vivieron felices y comieron perdices».
En el arte, Andrómeda ha sido prácticamente siempre representada de esta forma, desnuda y prisionera. Las fuentes mitológicas clásicas (Apolodoro, Ovidio) no especifican su desnudez en este momento, pero los artistas aprovechaban que se trataba de un personaje mitológico o pagano para tener vía libre y poder pintarla sin ropa, tan a gusto de los hombres, alimentando su lascivia.
El mito de Andrómeda es tan popular que no sólo se ha tratado en pintura, si no también en literatura. Por ejemplo, el gran Lope de Vega escribió este poema:
Atada al mar Andrómeda lloraba,
los nácares abriéndose al rocío,
que en sus conchas cuajado en cristal frío,
en cándidos aljófares trocaba.Besaba el pie, las peñas ablandaba
humilde el mar, como pequeño río,
volviendo el sol la primavera estío,
parado en su cénit la contemplaba.Los cabellos al viento bullicioso,
que la cubra con ellos le rogaban,
ya que testigo fue de iguales dichas,y celosas de ver su cuerpo hermoso,
las nereidas su fin solicitaban,
que aún hay quien tenga envidia en las desdichas.De Andrómeda, Lope de Vega.
Gustave Doré