
Autorretrato en Smoking
Fumando espero.
En el Berlín de los años 20 las cosas estaban enloquecidas. Era un cabaret.
En esa República de Weimar, por un lado había una absoluta libertad sexual —a la par que diversidad—, por otro, una excesiva brutalidad policial y paramilitar. En las calles la polarización entre comunistas y los recién llegados nazis era insoportable. No cesaban las huelgas, manifestaciones a diario, hiperinflación, asesinatos, paro… Pero al mismo tiempo, proliferaron clubs gay, cabarets y glamourosos bares donde el desenfreno era total. La fiesta no paraba nunca.
Max Beckmann era un habitante más de la ciudad y si algo tenía, era observación. Era un tipo objetivo. No en vano fue adalid de la Nueva Objetividad, una especie de meta-deformación hacia la realidad del expresionismo alemán.
Aquí Beckmann se retrata muy elegante, con su smoking, fumándose un piti. Pero se pinta rodeado de sombras, sobre todo en su rostro. Parece que tiene una máscara. Está disfrazado de burgués y quizás lo era. Le encantaba ir a fiestas pijas.
Fuera o no amigo o partidario de la burguesía, a los perros guardianes de esta no les gustaba su arte. Era un artista degenerado. Así que cuando los putos nazis llegaron al poder —recordemos, al principio por vía democrática— Beckmann se largó de Berlín por patas.
Max Beckmann