
Autorretrato
¿Formarse o deformarse? Esa es la cuestión.
Después de la II Guerra Mundial el arte occidental asume un proceso de descomposición y deformación de la realidad para convertirla en gestos y trazos. Esta obra representa en la trayectoria de Laxeiro un importante giro: el abandono de su característico estilo granítico. Lo sustituye por una pincelada agresiva que nos remite al expresionismo abstracto y una importancia creciente de lo matérico, cercana al informalismo. Es un autorretrato. ¿Lo podemos ver? Sí y no. Laxeiro siempre jugando con la ambigüedad. Podemos intuir unos pómulos marcados, lo que podrían ser unos dientes, incluso un ojo con su iris negro. Aunque también podríamos no verlo.
La obra no solo anuncia la abstracción; es importante en la trayectoria del pintor porque también nos muestra trazos negros que encierran colores, y esto es, en esencia, la estética que releva a la granítica desde los años cincuenta hasta su muerte.
Quizás lo más interesante de este cuadro no sea toda esta historia de cambios y etiquetas. Quizás lo sea que el retrato, aún con su lenguaje no naturalista, parece tener una gran profundidad psicológica. Laxeiro dijo una vez: «tengo un alma tan singular que no me reconozco a mí mismo». Podemos dar fe de ello. Un autorretrato en el que se crea un rostro ilegible esparciendo pintura como si estuviese descargando tensión puede evocarnos una sensación de confusión, sufrimiento o dolor, y no precisamente físico.
La composición resultante es increíblemente rítmica. En cierta medida, me recuerda a una escultura posterior de Eduardo Chillida llamada Mutación (1963), en la que forma y volumen se construyen y se deforman en un bucle de transformación. De igual manera, en este rostro no sabemos qué se está formando y qué se está deformando. Eso es también un análisis psicológico.
Cuántos quisiéramos poder responder eso de nosotros mismos y no somos capaces.
Laxeiro