Laxeiro
España, 1908–1996
Emigrado en Cuba, era solo un adolescente cuando trabajó en el diseño y realización de vidrieras. De vuelta a Galicia se ganó la vida como barbero, primero ambulante y después con un negocio fijo en su Lalín natal. Entre corte y corte no dejaba de dibujar y retratar a sus paisanos. El propio ayuntamiento le costeó los estudios en Madrid. Xosé Otero Abeledo, nombre real de Laxeiro, empezó en el mundo del arte cuando en Galicia se estaba cocinando una renovación artística. Le encantó la idea y se puso a ello, por eso es uno de los más importantes del grupo de los «Renovadores».
Entre 1930 y 1950 desarrolló la conocida como «estética granítica» porque sus formas y volúmenes recuerdan a la piedra tallada. Se inspiró en la escultura románica, barroca y popular —la de los cruceiros y petos de ánimas— y utilizó colores oscuros y terrosos. Sus referentes fueron Rembrandt, Goya y Gutiérrez-Solana. Obras como Mascarón y, sobre todo, Trasmundo son buen ejemplo de cómo realizó —permítaseme la licencia— escultura sobre lienzo. Laxeiro, bebiendo de su propio mundo y del de sus referentes, creó escenas basadas en lo popular, grotesco y esperpéntico. Cualquiera diría que Carnavalada pertenece al género de terror.
Después de trasladarse a Buenos Aires, fue dejando atrás su tenebrismo granítico para caminar hacia una progresiva abstracción gestual, en un momento en el cual el mundo artístico estaba experimentando el informalismo. Podríamos decir que su Autorretrato de 1952 inaugura este giro en su estilo. En muchas de sus obras, tanto dibujos como óleos, parece que las vidrieras con las que trabajó en su juventud resurgen para combinarse con el lenguaje abstracto. Las siguientes décadas, tanto en Argentina como, desde 1970, en Vigo, gozó de un merecido reconocimiento como uno de los artistas más influyentes del arte contemporáneo gallego.