
Autorretrato
Abolir el trabajo.
Judith Leyster se autorretrata feliz disfrutando de su oficio. Hay algunos afortunados a los que les encanta lo que hacen. Los demás, hasta que alguien consiga al fin abolir el trabajo, seguiremos alienados, sintiéndonos mercancía más que seres humanos y sólo disfrutando de cosas como el arte —o escribir en HA! — en nuestro precioso y escaso tiempo libre.
Judith, en cambio, está contenta pincel(es) en mano. Lo cierto es que era tan buena que se convirtió en una de las pintoras más respetadas de su generación, hasta el punto de ser admitida en el gremio de pintores de Harleem (algo inusual para una mujer a inicios del XVII) e incluso abrir su propio taller con empleados y alumnos masculinos. La verdad es que no faltaba trabajo para los artistas, masculinos o femeninos, en esa Holanda del Siglo de Oro.
La Leyster se representa pintando un cuadro de un violinista. Las pinturas de género eran su especialidad: músicos, bebedores en tabernas, niños… gente sonriente o divirtiéndose. Eso era lo que compraban los clientes holandeses en esa época. También escenas domésticas como mujeres en labores del hogar.
Precisamente a eso se tuvo que dedicar la artista cuando conoció a su marido, también pintor. Leyster conoció a un tal Jan Miense Molenaer, objetivamente menos talentoso que ella. A partir de ahí su producción disminuyó considerablemente al tener que cuidar su casita.
Y como pintaban temas muy parecidos, la obra de Leyster fue durante mucho tiempo erróneamente atribuida a Molenaer. De hecho, durante siglos sus extraordinarias pinturas fueron atribuidas a coetáneos con pene, como Frans Hals. Pese a la fama de la que gozó en 1628, el nombre de Judith Leyster fue casi olvidado.
Siempre se dijo que era «imitadora» o seguidora de Hals. Nosotros no lo tenemos tan claro.
Judith Leyster