
David vencedor de Goliat
Caravaggio style.
De nuevo, Caravaggio recibe un encargo para representar un episodio bíblico, un tema recurrente en la Historia del Arte, pero el delincuente lo resuelve a su manera y vuelve a cambiar las reglas del juego. El futuro rey David no es un héroe idealizado, sino un adolescente corriente al que sorprendemos en pleno trabajo.
David acaba de derrotar al gigante Goliat, en una contienda donde nadie daba un duro por el chaval. Pero, ya saben, lo consiguió. Sin embargo, querido lector, si amplía la obra verá que el protagonista no adquiere la idealización ni la victoria que le otorga Miguel Ángel o Donatello: Caravaggio nos presenta a un muchacho atractivo y sensual, pero profundamente humano, de carne y hueso, vestido con sencillez, de rostro juvenil y con la expresión serena de quien todavía parece estar asimilando lo que acaba de hacer. La cara del gigante —posible autorretrato del pintor— muestra todo lo contrario, una guerra clara entre juventud y adultez. Para más inri, le pillamos en pleno trabajo, atando la gigante cabeza de Goliat como si fuera a fardar de su victoria paseándose por todo el Museo del Prado.
La luz hace el resto. Maestro del claroscuro, Caravaggio ilumina a los protagonistas con un foco teatral y sumerge el resto en la oscuridad, obligándonos a mirar exactamente donde él quiere.
Como curiosidad, la restauración del Museo del Prado en 2023 sacó a la luz un arrepentimiento en el rostro de Goliat: bajo la pintura actual apareció una primera versión de la cabeza del gigante, prueba de que Caravaggio modificó la composición sobre la marcha. ¿Idea suya o sugerencia del mecenas? Imposible saberlo, aunque ya se sabe: quien paga, manda. La obra acabó en Madrid, aunque su recorrido sigue siendo un misterio. No aparece documentada en las colecciones reales hasta 1781, durante el reinado de Carlos III, cuando se cita en el Palacio del Buen Retiro. Desde entonces permanece en España como una de las grandes joyas del gran pintor del barroco.
Caravaggio