
El viaje de la vida. Vejez.
Conformidad y desenlace.
Hemos llegado a la cuarta y última obra de la serie, el desenlace. Esta vez, en el paisaje predominan unas tonalidades similares a la obra anterior (Madurez), pero la naturaleza no está embravecida, sino en calma, con una aguas tranquilas y unas pocas rocas que apenas se vislumbran en la penumbra.
La barca del viajero ya no es lo que era, las aguas bravas pasadas, llenas de corrientes y peligros la han destrozado, y aún se mantiene a flote pero la alegoría del tiempo que llevaba en el mascarón de proa ha sido arrancada, destruida, una metáfora perfecta que nos dice que el tiempo se ha acabado, el viaje ha llegado a su fin. Tampoco hay rastro de verdor en la obra; ningún árbol, ninguna planta, porque simbólicamente, las plantas podrían relacionarse con la vida y curiosidad humana, pero cuando se llega a la vejez el mundo carece de interés, todo está prácticamente visto.
Nuestro protagonista es ya un anciano, de cabellos y larga barba blanca; se encuentra en el final de su vida (su vida terrenal, al menos). Mira hacia arriba porque el ángel que lo ha acompañado siempre, era hasta el momento invisible para el hombre, pero al fin se le ha aparecido y deja que lo vea, lo guía hacia la abertura entre las nubes, hacia la luz de la eternidad. La conexión corpórea y natural del hombre, de su mortalidad, se está desprendiendo, por eso ve los ángeles en la lejanía, que parecen guiarlo junto a la luz por el ascenso celestial. Ha llegado el momento de emprender un último viaje, uno donde su cuerpo no puede acompañarle, uno puramente espiritual, donde sólo su alma tiene cabida: hacia el más allá.
El misterio de la vida se entrelaza con el misterio de la muerte, de manera que esta serie se completa formando un círculo perfecto. ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? Esa es la eterna incógnita.
Thomas Cole