
Escuela de Doloriñas
La enseñanza en la posguerra.
Tras perder a su hijo, Julia Minguillón se retiró un tiempo a Vilanova de Lourenzá. Allí descubrió la pequeña escuela de Dolores Chaves (Doloriñas) y hubo algo que la atrapó. Puede que la ternura de la escena, la templanza de la maestra, o el grupo variopinto de niños y niñas. Después de obtener el permiso para pintarlos, aparecieron en su estudio vestidos y peinados de domingo. La artista tuvo que sugerir que no volviesen hechos un pincel, ya que, al fin y al cabo, la pérdida de veracidad es el peor enemigo de una pintora realista.
La obra es una buena muestra de las características del nuevo realismo de posguerra y del estilo de Minguillón. El retrato grupal se configura desde un punto de vista elevado. La composición es equilibrada, en forma de aspa, perfecta además para distribuir los grupos por toda la estancia. Las formas, especialmente los rostros, están esquematizados, con reminiscencias cubistas o cezannianas. En el fondo, por mucha vuelta a la figuración académica que quisiesen las dictaduras del momento, el postimpresionismo y las vanguardias siempre dejaron huella. Los colores predominantes, ocres, pardos, verdes y grises, son discretos. Además, sirven al relato, porque interior y exterior (mirad a través de la ventana) comparten gama cromática. Es decir, lo que hay fuera del aula se mantiene dentro. Son niños que trabajan en el campo y Minguillón quiere que lo sepamos. Incluso hay zuecos y pies embarrados. Es destacable cómo la artista capta psicológicamente a los retratados, cada uno a su modo.
El tema escogido sugiere dudas. Representa una escuela rural pobre, con apenas medios. La enseñanza fue uno de los sectores que más represión sufrió. Y, con todo, esta obra fue premiada con la Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1941. Quizás sea porque, además de la gran calidad de Minguillón, no existe denuncia. Sólo es una bella escena ordenada.
Julia Minguillón