
La crucifixión blanca
Siempre habrá nazis.
El judío Chagall muestra a Jesús como un mártir judío (con vestimentas típicas en vez de corona de espinas y figuras bíblicas rodeándolo y llorando) y lo hace en 1938, cuando Alemania no era precisamente un buen lugar para su estirpe.
Chagall utiliza a JC como excusa para ilustrar la persecución de su pueblo a manos de los nazis. Como vemos, alrededor de Cristo crucificado vemos numerosos ataques, violencia, pogromos, incendios y saqueos a comunidades judías, a menudo autorizados o directamente organizados por las autoridades locales.
El artista lleva la crucifixión de Jesús a quizás la época más convulsa del siglo XX. Chagall reacciona con esta obra a la infame Kristallnacht, la «Noche de los Cristales Rotos», cuando una manada de nazis borrachos causaron el terror en noviembre de 1938. De hecho Chagall representa a uno uniformado, incendiando la sinagoga, con su esvástica y todo. Que se vean a los culpables.
Todo es ruinas y destrucción (y lo que vendría en años posteriores), pero Chagall deja algo para la esperanza: una menorá, candelabro judío, que de alguna manera ilumina esta escena dantesca.
En definitiva, poco hay de religioso en este cuadro. Es más bien una denuncia hacia los putos nazis. Con esta obra a lo mejor Chagall nos está diciendo que siempre ha habido nazis. Definitivamente los hay ahora (paradójicamente muchos de ellos son judíos) y siempre los habrá. Lo que hay que hacer es reducirlos al mínimo, a la anécdota, a la minoría absoluta.
Como anécdota, decir que este era el cuadro favorito del papa Francisco.
Marc Chagall