
La magistratura
No hay más preguntas.
Hogarth crea otra de sus mordaces caricaturas, o al menos eso consideraba la sociedad inglesa de mediados del XVIII, que seguía sus extravagancias con excitación. Pero para el artista, no era así en absoluto.
Hogarth comparaba una obra, una caricatura y lo directamente extravagante con la comedia, la tragedia y la farsa en el teatro. La comedia mostraba una visión verdadera de la naturaleza; pese al humor, nada estaba fuera de la realidad. La tragedia era caricatura, acentuaba la realidad, la exageraba. La farsa —y lo extravagante— llevaba esta acentuación a extremos ridículos.
Cuando realizó esta famosa obra, estaba hasta los huevos de las críticas y que dijeran que era un caricaturista. ¡Él podía capturar la verdadera naturaleza de las personas! ¡A la vista estaba!
Hogarth pintó aquí a cuatro jueces reales. Y sí, es evidente la ridiculización de la falta de capacidad o de interés de los magistrados. Alguno directamente se ha quedado dormido. Pero son reales, jueces con nombre y apellidos.
Hogarth no tiene clemencia en sus burlas. Ya no solo por esas ridículas pelucas que por alguna razón se usan en la judicatura. Está denunciando la corrupción, los vicios, la ineptitud, el nepotsimo y la deshonestidad que existe en la magistratura.
William Hogarth