
Mensaje del mar
Trabajo sagrado.
Maruja Mallo abrió la serie La religión del trabajo con obras dedicadas a la tierra y a la agricultura, como La sorpresa del trigo y la continuó después con pinturas centradas en el mar y la pesca, actividades profundamente ligadas a su Galicia natal. En esta serie, la artista se propuso reflexionar sobre el trabajo humano como base de la vida colectiva y como un valor ético fundamental.
Mensaje del mar es un buen ejemplo del cambio de rumbo que venía dando que Mallo había iniciado ya desde finales de los años veinte. Frente a sus primeras obras, más coloridas y luminosas, esta etapa se caracteriza por un tono más sobrio y contenido. Las paletas frías se empezaron a mezclar con temas humanistas, trazados armónicos y formas geométricas e intemporales. Este interés por el orden, la proporción y la geometría tiene su origen en el viaje que la artista realizó a París, donde entró en contacto con figuras clave de la vanguardia europea como Breton, Magritte, Miró o De Chirico, con quienes compartía su interés por la naturaleza y por la figura humana.
En Mensaje del mar, Mallo mostró su visión idealizada de la clase obrera y su ética del trabajo desde una perspectiva esencialista. No se trata de un retrato individual ni anecdótico, sino de una representación simbólica del ser humano en relación con su entorno y su oficio. Las figuras humanas representadas tendrán lo que ella llama un dinamismo estático, mostrándose sólidas, contenidas, casi escultóricas. Los cuerpos sugieren acción, pero permanecen suspendidos en un tiempo indefinido. Observándola parece que tanto en el trabajo y en la naturaleza hay una actividad ordenada y placentera.
La serie La Religión del Trabajo (1936–1939) fue finalmente una serie de ocho óleos, cinco dedicados al trabajo del mar y cuatro al de la tierra. Las fechas de creación nos hablan también de la Guerra Civil española. Mallo comenzó Mensaje del mar en Madrid, después del estallido del conflicto, y la finalizó en Argentina, ya en el exilio. Su creación forma parte, por tanto, del cierre de una etapa vital y del inicio de otra, marcada por el desplazamiento y la pérdida.
En todas estas obras defendió una representación del pueblo alejada del miserabilismo y de la visión degradante de las clases populares. La autora estaba en la onda del artista Luis Seoane, que criticó el falso arte popular que, según él, no dignificaba al pueblo, sino que lo reducía a una imagen de miseria, fruto del desconocimiento su verdadera realidad. Frente a esas representaciones, la obra de Mallo propone una imagen del trabajo como fuerza creadora, colectiva y casi sagrada.
Desde el punto de vista artístico, podemos relacionar su obra tanto con el realismo marxista como con el hieratismo del arte clásico. Incluso nos puede hacer pensar en Picasso en su fase de descubrimiento del cubismo. De hecho, si nos fijamos bien en la red de pesca, abrazando a las personas de la obra, hasta podemos encontrar algo tan castizo español como las manolas y sus mantillas negras.
A pesar de compartir con la izquierda española temas de interés, lenguaje y experiencias vitales, parte de los intelectuales republicanos exiliados en Argentina consideraron a Maruja una artista tibia ante la Guerra Civil. Lo cierto es que Mallo nunca reflejó la guerra en su obra pictórica, pero sí dió su testimonio personal sobre ella a su artículo Relato Veraz de La Vanguardia, donde hablaba de los horrores que vivió en Galicia.
Maruja Mallo