
Monumento a la III Internacional
Nunca se hizo, pero influyó.
Frente a los rascacielos occidentales, odas megalomaníacas al capitalismo, La Unión Soviética decide contraatacar con su propia propaganda arquitectónica. Y en este duelo fálico, al menos en modernidad, sale ganando el proletariado
La vanguardia soviética, todavía llena de ingenuidad, encargó a Tatlin una torre/estructura/monumento que homenajeara a la III Internacional, La Internacional Comunista creada por Lenin, y el constructivista decidió hacer un edificio mayor que la Torre Eiffel, construido con cristal y acero, que giraría sobre su propio eje todo el año embelleciendo el skyline de Petrogrado.
La idea era que el mecanismo helicoidal moviera cuatro estructuras a diferentes velocidades como un calendario: anual, mensual, diario y horario y que el edificio albergara también la sede de la Internacional Comunista, restaurantes marxistas, y cosas casi de ciencia ficicón como pantallas gigantes estilo Blade Runner y oficinas de telégrafos, el internet de la época.
En definitiva, un faro que alumbrara el nuevo mundo comunista.

Tatlin siempre promovió algo tan radical como la muerte del arte del museo: la Obra debe participar en la vida y en la construcción del mundo,
dijo. Y lo intentó. Pero utópico hasta las cachas, este proyecto no pudo realizarse por falta de dinero, que al parecer es lo que también mueve a la historia.
Quedó, eso sí, la idea. Y bastantes maquetas que nos hacen pensar en lo avanzado que era el proyecto. La Torre Tatlin, pese a no ver nunca la luz, influyó a un número incalculable de artistas posteriores que también soñaron con lo imposible. Forma parte ya de esos proyectos que murieron pero esparcieron sus semillas para ayudar al nacimiento de otras obras futuras (léase el Dune de Jodorowsky, por ejemplo).