
Palas y el Centauro
Una batalla constante.
Sobre la década de 1480, Botticelli regresa a Florencia tras dejar su huella en Roma al colaborar en algunas pinturas que decoran las paredes de la Capilla Sixtina. Fue en este período cuando pintó lo que conocemos como su ciclo de pinturas mitológicas o de temática pagana, consideradas algunas de las más bellas de toda su carrera, entre ellas el famosísimo Nacimiento de Venus o La Primavera.
Aunque esta obra no sea tan célebre, también forma parte de este ciclo y cuenta con algunas características similares.
La pintura la protagonizan dos personajes muy dispares: una bella joven que no es otra que la mismísima Atenea, diosa de la razón, la sabiduría, la justicia…Sabemos que en efecto se trata de esta diosa por dos elementos que forman parte de su atuendo: el arma que sujeta en una mano, una alabarda, y las ramas de olivo alrededor de su cuerpo y sobre su cabeza a modo de corona, uno de sus símbolos más conocidos desde que venció al dios Poseidón y fue proclamada la guardiana de Atenas, ofreciendo un gran olivo a los atenienses.
Sujeta de los cabellos a un centauro, criatura mítica mitad caballo, de torso para abajo, y mitad hombre, de torso para arriba. Los centauros eran seres salvajes e irracionales, a excepción del famoso Quirón, un sabio centauro que fue profesor de héroes como Aquiles o Jasón de los Argonautas. Difería mucho del resto de su especie, a los demás centauros les dominaba la parte animal y desenfrenada, no tenían ningún tipo de autocontrol sobre ellos mismos.
Más allá de la reflexiva temática de esta obra, Botticelli se recrea en los detalles; la estética para él era muy importante. Fijaos en el precioso atuendo de la diosa, un vestido transparente y vaporoso y el estampado bordado en él, unos anillos entrelazados con diamantes que es una referencia directa (cómo no) a la familia Medici, los comitentes de esta obra y de la gran mayoría del artista.
A través de la mitología, Botticelli nos ofrece una lección moral, utiliza personajes paganos para representar el conflicto eterno que tenemos los humanos: la lucha de nuestros instintos salvajes y en ocasiones brutales, es decir, la parte irracional versus nuestro lado racional, en el que la razón lo vence todo. En la pintura, parece que la clara ganadora es Atenea pese a su semblante serio característico en todas las mujeres del artista, por tal y como agarra al centauro que la contempla con expresión de derrota. En la vida real, es más cuestionable cuál de estas vertientes gana… tal vez sea, en efecto, una batalla constante.