
Santa Casilda
Lo zurbaranesco.
Las santas, destinadas a numerosos conventos de España y sus virreinatos, son una de las principales líneas temáticas de Zurbarán. Además de ejemplos de fe son también imágenes de virtud, como la de Santa Casilda, la hija de un rey árabe que socorría en secreto a los prisioneros cristianos de su padre. Según el milagro, cuando la sorprendieron en su traición pietosa, los alimentos que llevaba en sus ropas se transformaron en rosas.
Caravaggio utilizaba el claroscuro con fines dramáticos, para resaltar las expresiones deformadas y las posturas corporales de sus personajes con sombras acentuadas. Zurbarán lo emplea de un modo mucho más sobrio, arrojando un único foco de luz sobre lo elemental y aislándolo sobre un fondo muy oscuro. En esa sinceridad limpia, y aún con figuras de rostro severo, consigue la misma cantidad de impacto emocional que Caravaggio. Eso es lo zurbaranesco: lo conmovedor a través de lo puro, lo profundo a partir de lo austero.
La santa se recorta sobre un fondo vacío, en un retrato de cuerpo entero de tres cuartos que ilumina solo lo esencial. Medio rostro que nos mira fijamente, sin atisbo de vergüenza ni arrepentimiento, pero tampoco de vanidad; un brazo en rojo vivo y blanco que contiene el infinito poder de su gesto generoso; y la caída de las faldas llenas de rosas que monumentalizan su figura, y con ella su compasión. Santa Casilda es una heroína a oscuras, es la virtud humilde, es la justicia sin gritos, y si Zubarán puede retratarla es porque el desgarro en su pintura respeta siempre el silencio.
Francisco de Zurbarán