
Ulises reconocido por su nodriza
Como (casi) se descubre el pastel.
Cuando Ulises, transcurridos veinte largos años, logra regresar a Ítaca (su hogar), las cosas no son de inmediato felices como en los cuentos, sino que aún le queda otro desafío que superar, el más importante de todos: expulsar a los pretendientes que han ocupado y vandalizado su palacio y demostrar a su familia, que él es el verdadero Odiseo, y no un impostor.
Gracias a la ayuda constante de la diosa Atenea y la astucia, característica del héroe griego, juntos, idea en un plan: disfrazar a Ulises como un viejo mendigo, para que nadie lo reconozca (todavía) y aprovechar dicha apariencia para pasar desapercibido y sorprender a los pretendientes.
En la pintura de Bouguereau parece que el artista haya querido obviar el disfraz, o al menos no hacer demasiado énfasis en él (sólo vemos una capa y un bastón en el suelo como pista de su disfraz de anciano). Por lo demás, Odiseo parece relativamente joven; tiene el aspecto esperado teniendo en cuenta los años que han transcurrido desde su marcha.
Vemos con él a Euriclea, anciana y fiel sirvienta, antigua nodriza de Ulises y también de su hijo Telémaco. Cuando Euriclea se dispone a lavar los pies del supuesto forastero (acción que puede resultar chocante, pero que en la Antigua Grecia era un rito de hospitalidad) ahoga un grito, al reconocer una antigua cicatriz en la rodilla de Ulises, al que le hirió un jabalí cuando aún era muy joven.
Antes que Euriclea pueda pronunciar palabra, Ulises vuelca el cuenco, derramando el agua y la hace callar rápidamente; aún es pronto para descubrir su identidad y no puede revelarse en pleno palacio si quiere que su plan funcione. Además, la reina, su mujer, Penélope está presente, y ella tampoco puede enterarse por el momento.
Penélope aparece pensativa, abstraída, como si la situación no fuera con ella. Su rostro expresa incluso desidia, probablemente por las circunstancias en las que se encuentra; prisionera en su propio hogar, obligada a elegir a uno de los pretendientes como futuro marido que no desea y cada vez con menos esperanzas que su verdadero marido (Ulises) siga con vida. Afortunadamente para ella, la situación está a punto de cambiar.
Bouguereau construye un conjunto arquitectónico algo sobrio pero con detalles de color que nos permite hacernos una idea de cómo eran los templos de la antigüedad; no de un blanco inmaculado, sino policromados. Aparece también una estatua sobre un pedestal en la que puede leerse el nombre de Atenea en griego: ΑΘΗΝΗ, diosa que siempre ha ayudado a Ulises, y por lo tanto la divinidad que más lógica tiene que aparezca representada y venerada en su palacio.
William-Adolphe Bouguereau