
Autorretrato con paleta
Su estilo lo retrata.
«Es la mano la que escribe».
Jacques Derrida
Manet, en este cuadro, pinta más su gesto que su rostro. Es el trazo, la pincelada, una determinada forma de mirar y pintar, más que la representación en sí lo que fija su identidad en el lienzo. Es el estilo de su pintura su verdadero autorretrato, lo más íntimo del pintor.
A lo largo de su obra, el maestro del color negro inicia y fija los presupuestos que van a suponer la deriva hacia la disolución de la propia pintura occidental, el paso del arte mimético a la metapintura. Manet supone para muchos el punto de partida para la abstracción.
Cuando pinta, por ejemplo, el Bar del Folies-Bergère inventa, no solo unas piernas voladoras en la esquina superior izquierda, sino cada esquina del bar, detalle por detalle, todo pura invención, pura pintura emancipada de la realidad.
La gente al ver sus cuadros no entendían qué quería representar, y se enfadaban porque no tenía sentido la composición, veían su pincelada ahí en medio del lienzo en vez de escondida en la técnica perfecta como estaban acostumbrados, sin entender que, precisamente, la no representación, la pura pintura en su materia expuesta, el gesto personal, su propuesta, era el sentido último del lienzo. Un signo sin atributo, el verdadero padre de la vanguardia.
En este autorretrato la pincelada de Manet es más personal que nunca y el símbolo, ya no mítico, ya no religioso, ya no reverencial al realismo mimético, es un símbolo laico, un nuevo olimpo del arte, cuyo trono ocupa (para Manet y para tantos) Diego Velázquez, aquí aludido en la paleta, la mano que pinta y la mirada oblicua que analiza, que ve el mundo a su particular manera (como en el autorretrato del sevillano integrado en Las Meninas).
«Por fin, querido, he podido conocer a Velázquez y le puedo asegurar que es el mayor pintor jamás habido».
Carta de Manet a Baudelaire, en el Castillo de Vassé, 14 de septiembre de 1865.
El pintor de pintores, el maestro absoluto para Manet, el que dio a la pintura el estatuto de arte emancipado y valioso por sí mismo, y al artista la dignidad de un noble y de un poeta creador de lo inmaterial, es el signo al que alude Manet con su cuadro, el trazo personal del artista como marca de su identidad, como firma, como gesto, es su maestrazgo para el futuro.
A partir del francés, que curiosamente solo se pintó dos veces, los grandes autorretratistas del siglo XX siguen su maestrazgo y pintan más su gesto, su pincelada, su estilo que su rostro: Van Gogh, Munch, Bacon… están tanto en su representación facial como en sus colores, pinceladas, señas de identidad de otros cuadros. El estilo como máscara propia que invade toda la obra. Una máscara propia en la pintura de una cara, más que una cara propia pintada.
Edouard Manet